por Vica González
Anne-Laure Sellier pasa horas entre bibliotecas, hemerotecas y llamadas telefónicas. Investiga la memoria desde la filosofía y la neurociencia cuando se obsesiona con la historia de un aparato capaz de reproducir imágenes del pasado a través de la interpretación de ondas electromagnéticas que perduran en el tiempo y se proyectan en un televisor: el Chronovisor, mismo nombre que da título a la ópera prima de los estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen.
Pocas películas consiguen volver emocionante la labor de investigación de gabinete. Sin embargo, Chronovisor convierte la vida de una académica y su curiosidad intelectual en una experiencia cinematográfica de suspenso, donde no son necesarios los giros inesperados ni la acción física para mantener la tensión. A través del montaje y la selección de documentos, el espectador descubre junto a la protagonista sus hallazgos y fracasos.

Este aparato, que el padre benedictino Pellegrino Ernetti aseguraba haber desarrollado durante las décadas de los cincuenta y sesenta, provocó una serie de investigaciones para sustentar la existencia de este dispositivo parapsicológico, alrededor del cual se desarrolló una extensa bibliografía y que llegó a acaparar, en su momento, la atención de periódicos y programas de televisión. Según el relato difundido por Ernetti, esa búsqueda se detuvo cuando el Vaticano, bajo la orden del papa Pablo VI, confiscó el aparato y declaró su trabajo bajo la condición de riservatissimo, debido al peligro que implicaba revelar acontecimientos del pasado.
Durante más de un siglo atribuimos a la fotografía un estatus privilegiado de verdad. Sin embargo, hoy vivimos un momento paradójico: nunca antes se habían producido tantas imágenes y nunca antes había sido tan fácil falsificarlas, por no hablar de crearlas mediante inteligencia artificial, en ese sentido, la idea del Chronovisor deja de parecer una extravagancia del Siglo XX. No solo alimentamos la memoria universal con las imágenes que producimos; también es desde ellas que aprendemos a percibir la realidad.

Rodada en celuloide, con una fotografía en claroscuros que hace visible la tensión entre la revelación y lo que permanece en las sombras, y que representa con grandilocuencia y hermetismo los espacios del conocimiento como escenarios sagrados; Chronovisor nos envuelve en el misterio, con ayuda de la banda sonora de Gustav Hols, y ofrece al espectador una experiencia apasionante. Más que demostrar la existencia del aparato, la película convierte su búsqueda en una reflexión sobre el conocimiento y nuestra relación con las imágenes.
Después de su paso por Rotterdam, New Directors/New Films 2026, presentado por Film at Lincoln Center y el MoMA, y el Festival Internacional de Cine de Jeonju, donde recibió el premio a Mejor Película, Chronovisor llegó a la edición 29 del GIFF como una de las propuestas más singulares de su selección, al obtener el reconocimiento a Mejor Película en la Sección Oficial Iridiscencia.




