It Was Just an Accident: el golpe emocional y político que sólo Panahi podía filmar

Puntuación: 5 de 5.

Pocas películas logran llevar al límite las emociones humanas como lo hace It Was Just an Accident (Fue sólo un Accidente). Ansiedad, estrés, rabia, duda, sed de venganza… todo en una película que se vuelve difícil de ver. 

Y ese efecto no es casual: llega firmada por un director que, literalmente, filma con la sombra de la cárcel detrás de él. Jafar Panahi fue condenado a un año de prisión por un tribunal revolucionario islámico mientras se encontraba en Estados Unidos, por lo que ahora debe elegir entre el exilio o regresar a Irán para enfrentar la cárcel.

A esa presión se suma el desafío que implicó hacer la película: Panahi filmó prácticamente a escondidas, sin permisos oficiales. El equipo trabajó en locaciones remotas, con cambios constantes de logística, evitando cualquier exposición pública que pudiera interrumpir el proyecto o poner en riesgo a quienes participaban.

Estamos frente a una película que va a trascender no sólo por la grandeza de su contenido, sino también por toda la carga política que arrastra: nace desde la clandestinidad, desde un sistema que ha intentado silenciar a su director durante más de una década, y desde la convicción de que filmar —en estas circunstancias— es una forma de resistencia.

¿De qué trata It Was Just an Accident?

La historia comienza con un accidente: un hombre atropella a un perro mientras viaja con su esposa embarazada y su hija. El padre trata de arreglar la situación, pero su hija no deja de reprocharlo lo que he hecho: asesinar a un animal que deambulaba por la carretera.

Para mala suerte de la familia,  este no es el único percance que tienen durante su camino: unos kilómetros más adelante, su auto se descompone y terminan frente a un taller. El mecánico del lugar —Vahid— escucha el chirrido metálico de una pierna protésica del padre de familia y queda paralizado. Cree reconocer ese sonido. Cree, también, reconocer al hombre que acaba de llegar. Está convencido de que es su antiguo torturador en la prisión del régimen en la que estuvo preso. Desde ese momento, la película se transforma en un descenso tenso y brutal hacia un viaje de venganza.

Posteriormente, un grupo de víctimas del presunto torturador se unen para enfrentar lo que durante años cargaron en silencio. Cada uno llega con un recuerdo distinto, con heridas que nunca cerraron y con la necesidad urgente de confirmar si el hombre que tienen frente a ellos es realmente el responsable de su dolor. 

Cuando la memoria y la venganza son armas de doble filo

Panahi lleva al límite las emociones humanas colocando a estos personajes en un macabro escenario donde la memoria se quiebra, las versiones se contradicen y la sed de venganza por el trauma empieza a llevar la situación a un punto sin retorno.

I Was Just an Accidente nos enfrenta como espectadores a dilemas morales que resultan imposibles de esquivar. ¿Qué pasa cuando la necesidad de justicia se mezcla con el deseo visceral de venganza? ¿Hasta qué punto se puede confiar en una memoria moldeada por el miedo y el trauma? 

El director nos deja ahí, atrapados entre la empatía por las víctimas y la inquietante posibilidad de que todo esté construido sobre una percepción distorsionada. El espectador, igual que los personajes, se encuentra dudando a cada minuto, preguntándose si apoyar el impulso de castigar o si temer que se esté cometiendo un error irreparable, o pero aún, dejar libre al supuesto torturador y cargar con las consecuencias, sobre todo si de verdad formó parte del régimen.

Otro de los dilemas más incómodos que plantea la película es si las víctimas, empujadas por años de dolor acumulado, estarían dispuestas a usar los mismos métodos de tortura que alguna vez las destruyeron. ¿Qué pasa con la humanidad en un momento así? ¿Dónde queda la línea que separa a quien busca justicia de quien simplemente reproduce la violencia que lo marcó? 

Y, pese a lo áspero del tema, Panahi introduce momentos de ligereza —incluso cómicos— que funcionan como respiraciones dentro del infierno moral que plantea. Ese humor inesperado no suaviza la trama, pero cómo alivia, porque nos recuerda que incluso en los escenarios más oscuros de la vida, podemos encontrar momentos de luz y calidez.

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