El FICG inauguró su edición 41 con una ceremonia marcada por homenajes a Luisa Huertas, Pablo Larraín, Maite Alberdi y Edgar Ramírez, en una noche donde el cine fue pensado como memoria, herida y punto de encuentro en el inicio de una nueva década.
Por Miguel Vázquez
Con una ceremonia que combinó homenajes, reflexiones y un fuerte sentido de comunidad, el Festival Internacional de Cine en Guadalajara inauguró su edición 41, marcando el inicio de una nueva década en su historia. Durante nueve días, Guadalajara volverá a ser punto de encuentro para cineastas, industria y público, en un espacio donde el cine no solo se proyecta, también se piensa y se comparte.
La noche abrió con una imagen sencilla pero poderosa: Cristo Fernández leyendo frente a cámara el guion de Cronos, la ópera prima de Guillermo del Toro. Dirigido por Eduardo Ávila como parte de los FICG Minutos, el momento funcionó como declaración de principios: antes que industria, el cine sigue siendo palabra, memoria y acto íntimo.
Conducida por Andrés Zuno, la ceremonia dio paso a los mensajes institucionales, donde la Universidad de Guadalajara —columna vertebral del festival— reforzó la idea del cine como herramienta educativa. “El cine y la vocación de educar convergen en un propósito esencial”, se escuchó en el mensaje de su rectora, marcando un tono que atravesaría toda la noche.
Pero si algo distingue al FICG es su capacidad de sostener ese equilibrio entre discurso y emoción. Estrella Araiza lo resumió al definir al festival como “un espacio en constante transformación donde abrazar la diferencia no es un discurso, sino una forma de construir el cine”. Una idea que dialoga directamente con lo que sucede en sus salas: un cruce de miradas, generaciones y formas de narrar.
El peso de la memoria
Uno de los momentos más significativos llegó con el homenaje a Luisa Huertas, quien recibió el Mayahuel de Plata al Cine Mexicano. La actriz llevó su discurso hacia una reflexión sobre el sentido del cine y el lugar que ocupa en la construcción de memoria colectiva:
“El cine recoge el devenir de la humanidad, retrata el alma de los seres humanos, con defectos y con cualidades, y nos cuenta lo que ha pasado con la humanidad en sus diversas etapas, con avances y retrocesos. De ahí que, para mí, actuar en cine conlleva una doble responsabilidad, porque es perdurable, porque plasma la vida, y eso lo entiendo en cada toma cuando hacemos cine y estamos fijando memoria: la de la actualidad y para el futuro. Y en eso radica su grandeza, la grandeza del cine”, dijo.

Los otros rostros del festival
Pablo Larraín fue distinguido con el Mayahuel Iberoamericano, en reconocimiento a una filmografía que ha explorado las tensiones entre historia, poder e identidad. Su discurso, en lugar de centrarse en su obra, habló de “Rolando”, un voluntario del festival.
“Hay un señor que se llama Rolando. Es quien este Festival designó como chofer de mi hermano y mío, mientras estamos acá. Y ocurre que Rolando es el director de la Escuela Politécnica de Guadalajara, que tiene más de 5 mil alumnos, y en su tiempo libre decide generosamente ser voluntario y manejarle a personas que no conoce. Lo hace porque ama el cine y ama esta ciudad, así que dedicarle este premio a los Rolandos y Rolandas que hacen este Festival con mucho cariño”.
En ese giro, Larraín desplazó el foco hacia quienes sostienen el FICG desde lo invisible. Y, de paso, recordó que el cine también se construye fuera de la pantalla.

Filmar sin controlar
La documentalista Maite Alberdi recibió el Homenaje Internacional, consolidando su lugar como una de las voces más relevantes del documental contemporáneo. Al recibir su homenaje, la directora habló desde su práctica documental:
“A los documentalistas nos toca desaprender esa idea de control absoluto, porque en la vida no existe decir ‘acción’ ni ‘corte’: todo fluye sin principios ni finales claros, y los personajes siguen viviendo cuando nuestras películas terminan”.
“Dirigir documentales, para mí, ha sido rendirse a esa verdad: perder el control, acompañar tus procesos largos, estar a la deriva con los personajes y ser un vehículo entre sus vidas y el público. Cada persona tiene su propio modo de narrarse, y nuestro trabajo es diseñar las formas para que sea más honesta a esta historia”.
El cine como herida y puente
Si hubo un momento donde la emoción atravesó por completo la sala, fue con el discurso de Edgar Ramírez. Su homenaje se convirtió en una reflexión sobre el exilio:
“El exilio no es solamente cambiar de lugar, es aprender a vivir con un desgarro permanente… reconstruirse sobre una grieta”.
Y en ese mismo tono, conectó con el país anfitrión:
“México ha sabido abrir sus brazos cuando otros han levantado muros”.
En una sola intervención, el cine dejó de ser únicamente arte para convertirse en territorio político y emocional.
Chile: una presencia que dialoga
La elección de Chile como Invitado de Honor no es menor. La presencia de figuras como Larraín y Alberdi, junto con una delegación amplia, subraya un interés por fortalecer vínculos entre cinematografías que, históricamente, han dialogado desde la memoria, la identidad y la resistencia.
Más que una vitrina, la participación chilena se siente como un puente activo dentro del festival.

El regreso como inicio
La noche cerró con Moscas, de Fernando Eimbcke. Antes de la proyección, el director recordó que fue en este mismo festival donde presentó Temporada de patos hace más de dos décadas.
Hay algo simbólico en ese regreso: el FICG no solo exhibe cine, también acompaña trayectorias.
“De Tehuantepec para el mundo”, dijo el actor Bastian Escobar antes de la función, en una frase que encapsula bien el espíritu del festival: partir de lo local para dialogar con lo global.
