Sundance Film Festival regresa con su tercera edición junto con 15 largometrajes y seis cortometrajes a Ciudad de México.
Por Mariana Ruiz
Luego de Don’t Worry Darling (2022) que resultó ser una historia alargada tras una tibia recepción sobre una sociedad utópica que no termina de tener claro hacia dónde va. Sundance presenta The Invite, dirigida por Olivia Wilde que, aunque a decir verdad no le tenía gran expectativa debido a su anterior entrega, la directora y actriz afirma que encuentra la incomodidad como su lenguaje más honesto.
Esta cinta es su regreso y se proyecta como un juego de tensiones -a simple vista superficiales- que ocurren en una cena entre vecinos. Basado en la comedia Sentimental o bien The People Upstairs (2020) del guionista y director Cesc Gay, Rashida Jones y Will McCormack construyen un suntuoso guion en el que profundizan las complejidades de las relaciones y el combate de la cotidianeidad.
Wilde tenía algo en claro, realizar esta versión de una manera divertida pero profunda y el elenco que la acompaña no pudo crear mejor conexión puesto que se desenvuelve de una manera tan natural y coherente.
El resultado de un elenco fructífero
Angela (Olivia Wilde) y Joe (Seth Rogen) atraviesan por un matrimonio que ha caído en rutina y se sostiene por su hija, y no es hasta la llegada de Hawk (Edward Norton) y Pina (Penélope Cruz), -una pareja sin prejuicios- quienes los introducen a una dinámica diferente. El choque de las parejas no es por el ruido presentado en el primer acto, sino por el contraste de las relaciones y lo que incomoda no es la propuesta sino la introspección.
Joe encarna la imprudencia como una forma de honestidad brutal: no mide las consecuencias y es el catalizador del caos. Frente a él, Amgela que se encuentra atrapada en la rutina y harta del pesimismo de su esposo, hace el intento de conectar con más personas que no sean Joe.
Por otro lado, Pina se presenta como una mujer segura de sí misma y comprensiva. Mientras que Hawk construye un personaje refugiado en una aparente racionalidad que se va desmoronando con cada revelación.
La química en las parejas no solo es complaciente, sino incómodamente verosímil. No se trata de diálogos “perfectos” sino realistas porque se hieren, se contradicen, se pisan y eso se siente incómodamente real. En este sentido, Wilde captura algo que películas contemporáneas no terminan de explorar: la violencia emocional que se esconde en lo cotidiano de una relación.
La evolución en un mismo escenario
The Invite encuentra su mayor virtud en la capacidad de transformar lo trivial en algo revelador. Lo que comienza como una velada que se avecinaba como graciosa por la imprudencia de Seth Rogen, en cuestión de minutos pasa a ser un espejo para un matrimonio que ya estaba roto antes de servir la mesa.
El ritmo con el que avanza la historia bajo un mismo escenario en los 112 minutos que dura no es agotador, sino implacable. Las discusiones junto a la banda sonora (llevada por Devonté Hynes, mejor conocido como Blood Orange) logran un equilibrio que va escalando junto a la historia.
En ese recorrido, el soundtrack no solo subraya de forma obvia, más bien respira
junto a los personajes creando una atmósfera de tensión y como resultado da una inquietante armonía entre el sonido y la palabra, donde el ritmo además de organizar la narrativa, intensifica la sensación de lo que está a punto de desbordarse.
No se trata de giros inesperados ni de una narrativa convencional, más bien de una
acumulación de pequeñas verdades que terminan por revelarse. La noche no destruye un matrimonio… solo lo expone.
Espacios como testigos
A pesar de que todo fluye bajo el mismo escenario y no hay necesidad de mostrar pasados o exteriores, al final el departamento de Angela y Joe tiene espacios que funcionan como un estado emocional de la historia. Es decir, el recibidor fue el planteamiento del conflicto con la llegada de Joe del trabajo y no es hasta que van explorando los espacios como las habitaciones, cocina, sala y oficina; donde surgen emociones como enojo, frustración, incomodidad, melancolía, deseo, impotencia, comprensión, desilusión y finalmente la introspección.
Las habitaciones tienen una carga llena de significado y Wilde logra que cada rincón sea testigo silencioso del quiebre. Bien, no se busca curar heridas ni dar respuestas, sino de dejar al descubierto la incomodidad con la que solemos mirar a otros.
The Invite es una obra que tensa no por morbo, más bien porque reconoce -sin adornos- la fragilidad de los vínculos y la facilidad con la que pueden derrumbarse tras el peso de lo nunca dicho.
Lo que comienza como una simple reunión con vecinos se transforma en un
desmenuzamiento emocional donde el espectador no puede estar ajeno a la situación: cada gesto, silencio y palabra resuenan más que en pantalla. Es bajo ese sentido que la película no pretende ser redentora, sino a reconocer algo tan incómodo como inevitable y que seamos un espejo de la misma. Recordemos que, a veces, puede bastar una simple noche para evidenciar todo aquello que llevábamos rato evitando.
