Shaun, el Cordero: El monstruo de Mossy Bottom, una aventura que cobra vida sin palabras

Con personajes carismáticos y un humor que fluye con naturalidad, Aardman demuestra la fuerza de su animación artesanal, aunque la historia se queda en lo sencillo

Por Miguel Vázquez

Puntuación: 4 de 5.

Con la llegada de octubre, comienzan las películas de terror y las historias de Halloween, y los más pequeños también pueden acercarse al cine de monstruos. En Shaun, el Cordero: El monstruo de Mossy Bottom, Aardman aprovecha los experimentos de un científico loco y la aparición de una misteriosa criatura para construir una aventura que funciona bastante bien gracias al carisma de sus personajes y a una animación capaz de contar todo sin necesidad de diálogos.

Dirigida por Steve Cox y Matthew Walker, la película sigue a Shaun y su rebaño mientras preparan su celebración de Halloween. Los planes cambian cuando el granjero destruye accidentalmente sus calabazas y Shaun intenta reparar el daño con una posición de crecimiento rápido que aplica a nuevas semillas. Como suele ocurrir con sus ocurrencias, la solución termina provocando un problema mucho mayor: el granjero confunde la fórmula con producto para crecimiento de cabello y termina convirtiéndose en una bestia.

Shaun, el Cordero: El monstruo de Mossy Bottom

Una animación que cuenta todo sin palabras

Uno de los mayores aciertos de El monstruo de Mossy Bottom es la facilidad con la que sus personajes transmiten lo que sienten y piensan. Un gesto, una mirada, los movimientos de sus orejas es suficiente para entender qué quieren transmitir los personajes: miedo, sorpresa, enojo… No necesitan explicar que están aterrados, que están emocionados o que acaban de tener una mala idea, la animación permite reconocerlo de inmediato.

Esto habla muy bien del trabajo de Aardman, porque sostener un largometraje prácticamente sin diálogos requiere mucho más que personajes simpáticos. Cada gesto debe comunicar algo y cada acción necesita conducir a la siguiente con claridad. Aquí, esa narración visual fluye con tanta naturalidad que la ausencia de palabras nunca se siente como una limitación. Podemos seguir los enredos y conectar con el rebaño sin que alguien tenga que detener la aventura para explicarnos qué está pasando.

También destaca el trabajo artesanal del stop motion. Las texturas, los escenarios y los movimientos conservan esa sensación de estar frente a objetos que ocupan un espacio real. Hay un cuidado evidente en la construcción de este mundo, pero lo mejor es que todo ese esfuerzo está al servicio de los personajes, la técnica les da personalidad, hace creíbles sus reacciones y permite que incluso los movimientos más pequeños tengan intención.

Shaun, el Cordero: El monstruo de Mossy Bottom

El humor y el carisma sostienen la aventura

Shaun y sus compañeros resultan carismáticos porque sus ocurrencias nacen de una lógica que entendemos, por más absurdas que sean las consecuencias. Quieren celebrar Halloween, resolver un accidente y recuperar la tranquilidad de su granja, pero cada intento de arreglar las cosas abre la puerta a un nuevo desastre.

La película resulta graciosa cuando tiene que serlo y sus bromas no se sienten forzadas. El humor surge de las reacciones, los errores y la manera en que los personajes intentan salir de situaciones que los rebasan. Aardman sabe cuándo prolongar una acción y cuándo interrumpirla para conseguir una chiste.

Las referencias al cine de monstruos aportan otra capa de diversión. Quienes reconocen esos recursos pueden disfrutar la forma en que la película juega con ellos, mientras que los más pequeños encuentran una aventura de sustos y persecuciones que se entiende por sí misma. La comedia funciona sin exigir que el espectador identifique cada guiño, y eso permite que el humor llegue a públicos de distintas edades.

Shaun, el Cordero: El monstruo de Mossy Bottom

Una historia que se queda en lo sencillo

Quizás donde El monstruo de Mossy Bottom pierde fuerza es en su historia. La premisa permite encadenar situaciones divertidas, pero ofrece poca complejidad y deja bastante claro hacia dónde se dirige. Los problemas aparecen, crecen y encuentran solución dentro de un recorrido que siendo honestos nunca resulta sorprendente.

Una historia pequeña puede tener mucho que decir, aquí, sin embargo, queda la sensación de que los personajes podrían dar más de lo que el guion les permite. Su expresividad y su carisma alcanzan para sostener la atención, aunque el relato aprovecha poco esas cualidades para desarrollar conflictos o emociones con mayor profundidad.

Por momentos, lo que más interesa es descubrir cómo resolverán visualmente el siguiente enredo. La narración cumple con llevarnos de una secuencia a otra, pero los mejores hallazgos están en la animación y la comedia. Esa diferencia hace que la película sea disfrutable durante su recorrido, aunque su historia deje menos huella que sus personajes.

Aun con esa limitación, Shaun, el Cordero: El monstruo de Mossy Bottom funciona bastante bien. Es graciosa, sus personajes tienen encanto y el trabajo artesanal de Aardman vuelve a demostrar cuánta vida puede haber en una figura animada cuadro por cuadro. Le habría venido bien una historia que aprovechara más esas posibilidades, pero basta observar cómo una mirada comunica una intención o cómo un pequeño gesto resuelve una broma para encontrar buena parte del placer de verla.

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