Melissa Martínez
El Joachim Trier Summer llega en pleno invierno a la Ciudad de México con el estreno de su nueva cinta Sentimental Value y es perfecta para la época más nostálgica del año.
Tras la muerte de su madre, Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) y Nora (Renate Reinsve), una reconocida actriz de teatro, se reencuentran con su padre, Gustav Borg, un aclamado director de cine (Stellan Skarsgård), para ofrecerle el papel protagónico de su nueva película que se empeña a grabar en la casa familiar. Sin embargo, tras recibir una negativa, Gustav decide seguir adelante con el proyecto de la mano de Rachel (Elle Fanning) una estrella de Hollywood, lo que no hace más que avivar las tensiones familiares y personales.

El arte como culpa y redención
A través de la relación entre padre e hija, el director explora la ruptura familiar como consecuencia del abandono y la manera en que cada uno de los personajes lidia con la sensación de vacío. Uno de los aspectos más destacados de la película es la construcción de Nora como un personaje atravesado por una herida profunda que no logra nombrar, pero que se vuelve tangible gracias a la excelente interpretación de Renate Reinsve.
Gustav debe enfrentar las consecuencias de haber priorizado su arte por encima de sus hijas. Al igual que Nora, también carga con una tristeza profunda, y es en el cine donde encuentra el único medio posible para pedir perdón y buscar la redención por sus acciones pasadas.
El lazo que los une es, paradójicamente, el mismo que generó la distancia que terminó por aislarlos. Curiosamente, ambos hallan refugio en las artes, y es precisamente la labor artística la que, como pretexto o destino, los vuelve a reunir de alguna manera.

La casa: personaje y memoria
Otro aspecto a destacar es el espacio en el que se desarrolla buena parte de la historia: la casa familiar que han habitado durante años. Lejos de ser un simple escenario, la casa siente, escucha y resguarda el dolor y los recuerdos de los personajes, reflejando la importancia de permanecer y adaptarse al cambio. Gustav decide filmar ahí su película no por capricho, sino porque se trata de un espacio cómplice de sus propias memorias.
Como un elemento que intensifica el drama familiar, se introduce un personaje ajeno al contexto, a la tristeza e incluso al idioma: Rachel, una joven actriz de Hollywood entusiasmada por colaborar con Gustav, pero que enfrenta notorias dificultades para relacionarse tanto con el espacio como con la situación de su personaje. Es a través de su intento por comprender las vivencias que habitan la casa que se revela lo frágil e íntimo del vínculo que los Borg mantienen con su hogar.
Una carta al cine y sus creadores
Joachim Trier establece al arte como eje de redención: una última alternativa cuando las palabras no pueden revertir el daño o cuando, simplemente, ya no parece haber nadie dispuesto a escuchar.
Sentimental Value puede leerse como una especie de carta —¿de amor?— al cine y a quienes lo hacen posible: directores, productores, fotógrafos, guionistas y actrices, así como al glamour que rodea a los festivales. Trier logra retratar de una forma muy bella el perfil del artista que siente —quizá demasiado— el mundo, y que encuentra en esa sensibilidad extrema el motor inagotable de su creación.
