The History of Sound apuesta por la emoción, la música y la memoria, aunque su ritmo juega en su contra.
Por Miguel V. González
The History of Sound es una película difícil. Difícil porque exige paciencia, pero sobre todo porque pide algo cada vez más escaso en nuestros tiempos: dejarse llevar y sentirlo todo.
Hoy en día retener la atención del espectador se ha vuelto una tarea casi imposible —especialmente por ese artefacto que llevamos en el bolsillo y consultamos cada tres minutos—, apostar por una película tan contemplativa es, por decir lo menos, un acto de valentía. No porque busque desafiar al público, sino porque se niega a competir con la prisa. Y solo por eso, ya hay una razón para verla.
Y no, no se trata de una película sin fallos. The History of Sound asume riesgos y no siempre sale librada de esa batalla. Su apuesta por la contemplación, que en muchos momentos funciona como una experiencia sensorial y emotiva, también termina por volverse cansada.
Pese a todo, vale la pena la espera, porque el final es un monumento a la memoria, a aquello que permanece cuando el amor ya no puede consumarse en el presente. Se trata de un cierre que viaja como un eco a través del tiempo y le da sentido a cada escena de la cinta.

¿De qué trata The History of Sound?
La película sigue a Lionel (Paul Mescal) y David (Josh O’Connor), dos jóvenes que se conocen en 1917 y entablan una relación romántica en medio de la Primera Guerra Mundial. Cuando David se enlista en el ejército y viaja a Europa para combatir, Lionel permanece en la granja familiar, dando inicio a una relación de ausencias y memorias que marcará toda su vida.
Tras el regreso de David, ambos emprenden un viaje por zonas rurales de Estados Unidos con el objetivo de grabar canciones populares y preservarlas en cilindros de cera. Sin embargo, el destino vuelve a separarlos y cada uno continúa su camino. A pesar del paso del tiempo, Lionel nunca logra desprenderse del amor que siente por David.
A través de una historia casi poética, la película muestra cómo los vínculos amorosos pueden sobrevivir únicamente en el recuerdo, y cómo el sonido se convierte en el lazo que atraviesa el tiempo para mantenerlos unidos.

Cuando la música dice lo que los personajes callan
La química entre Paul Mescal y Josh O’Connor es uno de los mayores aciertos de The History of Sound. Su relación se construye a partir de miradas y momentos íntimos en los que los diálogos resultan innecesarios. Es la música la que termina por unirlos: basta con que uno de los personajes cante para que el otro lo escuche, inmóvil, mirándolo con asombro, entendiendo todo sin necesidad de palabras.
Si bien la película está concebida desde lo contemplativo—con una fotografía sombría y una narrativa carente de acción—, es justamente la música la que da un giro a las cosas. Cada canción funciona como una explosión que aporta color a una paleta de colores que se mantiene apagada.
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El problema aparece cuando esa vocación contemplativa comienza a jugarle en contra. The History of Sound se toma tanto tiempo en construir su atmósfera que, por momentos, parece estancarse en ella. Hay escenas que se prolongan demasiado, por lo que a veces parece que no sucede nada. La película entiende muy bien lo que quiere transmitir, pero no siempre encuentra la forma más precisa de hacerlo.
Pese a ello, The History of Sound logra cautivar con un final hermoso. La película encuentra su belleza no en el amor que se consuma, sino en aquel que nunca pudo ser y esta idea queda grabada con esa preciosa canción de folk que atraviesa toda la historia:
Don’t sing love songs
You’ll wake my mother
She’s sleeping here, right by my side
And in her right hand, a silver dagger
She says that I can’t be your bride.
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