Un empresario petrolero intenta controlar el relato del desastre que provocó. Iñárritu lleva esa disputa hasta el escenario para preguntarse quién decide cómo recordamos a los responsables.
Por Miguel Vázquez
NOTA: ESTE TEXTO CONTIENE SPOILERS
Burlarse de los poderosos puede ser una forma de quitarles autoridad y hacerlos parecer pequeños frente a quienes sufren cada una de sus decisiones. Pero ¿Qué pasa cuando ellos mismos pagan para que nos riamos de lo que han ocasionado? En Digger, Alejandro González Iñárritu presenta una narrativa súper inteligente en donde, a través del arte (una obra de teatro), denuncia a quienes destruyeron el mundo, pero, al mismo tiempo, les da la oportunidad de decidir qué narrativa se cuenta de ellos, pues son ellos quienes financian la obra que los está retratando.
¿De qué trata Digger, de Alejandro González Iñárritu?
Tom Cruise interpreta a Digger Rockwell, un empresario petrolero que busca convertirse en el salvador de la humanidad después de provocar una catástrofe ambiental. Sin embargo, éste no es su objetivo principal ya que, en el camino, deberá hacer lo imposible para mantener limpia la imagen que ha construido y además conseguir que la catástrofe lo beneficie económicamente de alguna forma.
La película lleva esta premisa hasta la caricatura, entre empresarios y políticos cuya preocupación por sus propios intereses resulta absurda frente a la magnitud de lo que ocurre. No obstante, la revelación más grande de la cinta se da cuando nos enteramos que estamos viendo una obra de teatro años después de que ocurrió la catástrofe ambiental.

El arte como crítica al poder: ¿quién paga la función?
En la obra Fossil Fools, Cruise interpreta a Curtis Markson, el actor encargado de darle vida al magnate. Lo más torcido del filme aparece cuando sabemos que Kenny, sobrino del empresario, financia la obra. La familia vinculada con la destrucción conserva los recursos para producir el espectáculo que la denuncia.
Para el público, la función podría representar una manera de sanar las heridas. Reírse de quienes provocaron el daño les permite experimentar una suerte de justicia. Lo perverso es que ese consuelo no necesita ser falso para funcionar como una forma de control, los espectadores aplauden y salen agradecidos de una experiencia financiada por los herederos del desastre, y una vez que abandonan el teatro regresan a vivir con las consecuencias de la tragedia.

La manipulación del relato en Digger
El control sobre cómo se cuenta la historia conecta a Kenny con su tío. Antes de convertirse en el protagonista de una obra de teatro, Digger ya intentaba imponer su propia versión de la catástrofe. La propuesta de darle un nombre ruso al bloque de hielo muestra cómo la manera de nombrar el peligro puede servir para fabricar un culpable. El gobierno y los empresarios buscan dirigir el miedo hacia un enemigo conocido y desviar la atención de las decisiones que provocaron el desastre.
El monólogo de Digger ante los representantes internacionales desarrolla una estrategia más elaborada. El empresario señala la hipocresía de quienes condenan el petróleo mientras disfrutan de sus beneficios. Su discurso resulta persuasivo porque parte de una contradicción real, pero la utiliza para colocar a consumidores, gobiernos y empresarios en el mismo nivel de responsabilidad.
Kenny hereda también esa posibilidad de influir en el relato. Su tío buscaba decidir cómo debía entenderse el desastre; él puede intervenir en cómo será recordado. Financiar una obra que ridiculiza a su familia le permite ocupar el lugar de quien reconoce el daño sin renunciar a la autoridad que le da el dinero. La crítica sigue siendo posible, pero ocurre dentro de un espectáculo que depende de su respaldo total. Así llegamos a la inevitable pregunta ¿Cuánto puede el arte cuestionar al poder si ese mismo poder conserva la capacidad de decidir cómo se representa su culpa?




