Carla Simón explora la memoria, las adicciones y el estigma del sida a través de una joven que intenta reconstruir la historia de sus padres.
Por Miguel Vázquez
Después de explorar la infancia y la pérdida en Estiu 1993 y las transformaciones del mundo rural en Alcarràs, Carla Simón regresa con Romería, una película íntima que reflexiona sobre la memoria, la familia, la enfermedad y la búsqueda de identidad.

¿De qué trata Romería?
Ambientada en 2004, Romería sigue a Marina (Llúcia Garcia), una joven de 18 años que viaja a Vigo con la intención de obtener los documentos que necesita para solicitar una beca que le permita estudiar cine. Sin embargo, el viaje también tiene el objetivo de conocer a la familia de su padre biológico y descubrir quién fue realmente antes de morir a causa del sida.
Durante los cinco días que pasa con sus tíos, primos y abuelos, Marina intenta reconstruir una historia que durante años ha estado llena de preguntas sin respuesta. Sin embargo, conforme avanza su estancia, Marina descubre que las respuestas que busca no son tan sencillas. Las versiones sobre sus padres cambian dependiendo de quién las cuenta y, poco a poco, salen a la superficie viejas heridas relacionadas con la adicción, el sida y el estigma con el que la familia enfrentó la enfermedad.

Una película sobre los recuerdos y las heridas familiares
Carla Simón vuelve a demostrar una sensibilidad excepcional para retratar las dinámicas familiares y las emociones de sus personajes. Al igual que en Estiu 1993 y Alcarràs, su cine destaca en los pequeños momentos y en las conversaciones aparentemente sencillas, que terminan diciendo más de lo que se percibe en primera instancia.
Más que una película sobre la muerte o la enfermedad, Romería habla de la memoria y de la necesidad de comprender de dónde venimos. Simón muestra un mosaico de personajes con sus propios recuerdos y sentimientos, cada integrante de la familia conserva una versión distinta del pasado y con ello pone sobre la mesa cómo la verdad suele estar compuesta por fragmentos incompletos y a veces distorsionados.

El regreso más íntimo de Carla Simón
La interpretación de Llúcia Garcia es uno de los grandes aciertos de la película. La actriz dota a Marina de una mezcla de curiosidad, vulnerabilidad y madurez que hace que el espectador acompañe su viaje emocional con naturalidad. Sin necesidad de grandes momentos dramáticos, logra transmitir el desconcierto de una joven que intenta reconciliarse con un pasado que apenas conoce.
Quizá el mayor riesgo de Romería sea también una de sus principales virtudes. Su ritmo pausado y contemplativo exige paciencia y una disposición a dejarse llevar por las emociones y las atmósferas más que por la trama.
El último acto, en el que los recuerdos, los sueños y las imágenes del pasado se entrelazan con el presente, contiene algunos de los momentos más hermosos y conmovedores de toda la filmografía de Carla Simón. Es ahí donde Romería deja de ser únicamente la historia de una joven en busca de sus padres para convertirse en una reflexión sobre la identidad, pero también sobre el peso de la memoria, las heridas que atraviesan a las familias y el estigma que durante décadas acompañó al VIH y a las adicciones.
Sin emitir juicios, Simón muestra cómo el miedo y la desinformación marcaron las relaciones entre sus personajes, condenando a muchos de ellos al silencio y a la vergüenza, pese a que detrás de esas historias existen personas que amaron y se equivocaron.
Romería confirma a Carla Simón como una de las voces más personales del cine contemporáneo. Una película serena, melancólica y honesta, que encuentra su belleza en los recuerdos más dolorosos del pasado.




