A cualquier precio: ¿el fin justifica los medios?

Un agente del FBI y un sicario unen fuerzas en un thriller que pone a prueba nuestra disposición a aceptar la violencia en nombre de la justicia

Por Miguel Vázquez

Es fácil defender la justicia hasta que una película nos presenta a alguien que deseamos ver castigado. Basta un agresor protegido por las autoridades, una víctima sin posibilidades de defenderse o una investigación que no avanza para que empecemos a exigir resultados, sin importar la forma en que éstos se consigan. Entonces aparece un personaje dispuesto a ensuciarse las manos y descubrimos que, a veces, la justicia por mano propia nos resulta más convincente de lo que quisiéramos admitir.

El cine lleva décadas presentando historias con ese dilema. En Prisoners, de Denis Villeneuve, la desesperación de un padre ante la desaparición de su hija nos permite comprender el impulso que lo conduce a la violencia, sin volver aceptables sus decisiones.

En Hard Candy, de David Slade, lleva ese dilema al extremo cuando una adolescente somete a un fotógrafo al que acusa de abusar de menores a una sesión de tortura. La película nos coloca frente a la facilidad con la que podemos justificar la crueldad cuando estamos convencidos de que alguien merece ser castigado.

A cualquier precio, de Elegance Bratton, entra en esa conversación con un agente negro del FBI que se une a un sicario de la mafia para investigar el asesinato de un activista por los derechos civiles a manos del Ku Klux Klan. Los métodos del criminal chocan con los principios del agente, pero resultan mucho más efectivos que la ley misma.

A Cualquier Precio / Diamond Films

La ley necesita a un criminal

Mississippi, 1966. El asesinato de Vernon Dahmer, un activista que defendía el derecho al voto de la población negra, lleva al FBI a investigar al Ku Klux Klan en un territorio donde sus integrantes actúan prácticamente con impunidad. Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II), es un agente negro que regresa a su estado natal convencido de que puede contribuir a cambiar las cosas desde la institución.

Para resolver el caso, le asignan un compañero cuyos métodos contradicen todo aquello en lo que cree. Gregory Scarpa (Mark Wahlberg), un sicario de la mafia e informante del FBI acostumbrado a obtener información mediante amenazas y torturas. Sus procedimientos provocan constantes enfrentamientos con Strider, quien se resiste a aceptar que una investigación dependa de los mismos actos que debería perseguir.

A medida que las amenazas se acercan a su vida personal y la investigación encuentra nuevos obstáculos, Strider comienza a dudar de su confianza en la ley. Todo parece volverse en su contra, mientras la brutalidad de Scarpa se vuelve una opción cada vez más tentadora para llegar a los responsables.

Un ataque directo contra su pareja termina por quebrar esa resistencia. Strider recurre a la violencia y la tortura, dispuesto a cruzar los límites que antes defendía. La película presenta así el deterioro de un hombre que aspiraba a hacer justicia desde la legalidad y termina adoptando los métodos de un criminal. Su transformación nos devuelve al mismo dilema, podemos entender la rabia de Strider y su deseo de castigar a los responsables, pero ¿eso basta para justificar la tortura? ¿Hasta dónde sigue buscando justicia y en qué momento empieza a actuar por venganza?

A Cualquier Precio / Diamond Films

Entre la reflexión y el espectáculo

La fuerza de A cualquier precio está en colocar a Strider en una situación en la que prácticamente no tiene opciones. La institución no representa un apoyo y parece ser que el único en quién puede confiar es en Scarpa, quien irónicamente representa todo aquello en lo que él no cree.

Sin embargo, la película dedica más atención a las razones que lo empujan hacia la violencia que a las consecuencias de ejercerla. Sabemos por qué Strider llega a ese punto, pero hay menos espacio para explorar qué cambia en él después de cruzar esos límites. Su transformación permite que la investigación avance, aunque el conflicto personal queda apenas desarrollado.

Yahya Abdul-Mateen II aporta parte de esa profundidad con una interpretación que transmite el miedo y la rabia de Strider. Frente a él, Mark Wahlberg construye a un Scarpa desinhibido, capaz de entregar escenas de tortura realmente atroces.

Esa diferencia influye en cómo recibimos la violencia. El carisma de Scarpa nos predispone a aceptar sus métodos sin cuestionar demasiado la libertad con la que opera. La película aprovecha esa simpatía y el rechazo que provocan los miembros del Ku Klux Klan para volver satisfactorio el castigo, pero se detiene menos en la responsabilidad de una institución que permite la tortura cuando le resulta útil.

A cualquier precio encuentra en esa alianza una fórmula efectiva para el thriller, aunque deja parte de su discusión ética sin desarrollar. Nos da suficientes razones para desear que los responsables sean castigados, pero pocas ocasiones para detenernos a examinar el precio de conseguirlo. La pregunta también queda de nuestro lado: ¿el fin justifica los medios o estamos dispuestos a aceptarlos porque esta vez el resultado nos satisface?

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