Entre montañas, mar y silencios, la película ofrece una propuesta estética poderosa que transforma el duelo en contemplación.
Por Víctor Cortés González
Una nueva cinta de Hlynur Pálmason llega a la Cineteca Nacional gracias a la muestra de películas organizada por esta institución. En esta ocasión, se presentó El amor que permanece, una historia que sigue la vida de Anna, una artista y madre de tres hijos que, a lo largo del filme, emprende un viaje de aceptación y autoconocimiento tras su separación de su esposo, Magnús.
Lo más destacable de esta entrega es su propuesta visual, realizada por el propio director. Filmada en una isla de Islandia, la película aprovecha al máximo los paisajes naturales mediante planos abiertos que capturan montañas, praderas y la inmensidad del entorno.

La cinta construye una estética sumamente cuidada, tanto en espacios cerrados como abiertos. Todo parece conformar un ambiente nostálgico, casi como una cápsula aislada del mundo, donde resulta difícil sentirse abrumado. Las secuencias en el mar también son particularmente destacables; la escena final se desarrolla ahí y, aunque no transmite precisamente calma, sí logra una poderosa carga emocional. Se trata de uno de los trabajos visuales más interesantes de 2026: sencillo en apariencia, pero complejo y sumamente funcional.
Sin embargo, este logro visual no se ve acompañado por una narrativa igual de sólida. La historia no está mal planteada, pero por momentos resulta difícil conectar con los personajes y sus conflictos. En particular, Magnús carece de desarrollo: apenas se nos presenta como un hombre distante debido a su trabajo marítimo, sin mayor profundidad. Aunque se intenta explorar su interior mediante secuencias oníricas en las que enfrenta sus errores, estas pueden resultar confusas, moviéndose entre lo extraño y lo ligeramente desconcertante para el espectador.
En este sentido, la inclusión de elementos fantásticos aporta distintas formas de interpretar a los personajes y evita que la película se limite a ser un drama convencional sobre el divorcio. No obstante, también provoca que su intención no siempre sea del todo clara. Aun así, le otorga una identidad particular que se aleja del cine más tradicional.

Para equilibrar la experiencia, la partitura musical destaca por su sutileza y precisión. Sin ser invasiva, acompaña eficazmente lo visual y refuerza el desarrollo emocional de la historia.
En conjunto, se trata de una película interesante, capaz de generar tanto fascinación como cierta desconexión en distintos momentos. Es el tipo de cine que apuesta por arriesgar las formas convencionales y explorar nuevas posibilidades narrativas.
También resulta valioso ver propuestas que se alejan de los grandes centros de producción y de los sets tradicionales, apostando por el uso del entorno natural. La manera en que la película explota los paisajes islandeses es, sin duda, uno de sus mayores aciertos.
No es una obra para todo público, pero precisamente ahí radica parte de su valor: en su capacidad de incomodar, proponer y ofrecer una experiencia distinta dentro del panorama cinematográfico actual.




