Pasajero del Diablo: cuando el miedo funciona mejor lejos de la luz

Por Miguel Vázquez

Puntuación: 2 de 5.

Pasajero del Diablo toma las carreteras vacías, la oscuridad de la madrugada y la ansiedad de no tener un lugar seguro a dónde escapar como motor principal para construir su terror. El problema no está en la atmósfera que crea, sino en la necesidad de volver tangible a su demonio, una decisión que termina restándole fuerza a todo lo que la película venía construyendo.

De hecho, los primeros minutos resultan bastante efectivos. Para mala suerte de muchos, son prácticamente los mismos que aparecen en el tráiler, así que pierden parte del impacto si ya los viste antes de entrar a la sala. Aun así, funcionan. Dos jóvenes se encuentran detenidos en medio de una carretera cuando uno de ellos decide bajar del auto para orinar entre los árboles. Cuando regresa, su amigo ha desaparecido. Instantes después, su cuerpo termina estrellándose violentamente contra el vehículo.

Desesperado y sin entender qué acaba de ocurrir, el joven huye del lugar mientras algo parece acecharlo desde la oscuridad. Es un inicio potente. El problema es que la película nunca vuelve a alcanzar ese nivel de tensión.

La historia sigue a Tyler (Jacob Scipio) y Maddie (Lou Llobell), una pareja que decide abandonar su vida rutinaria para comenzar una experiencia de “van life”. Durante una de sus primeras rutas presencian el accidente del auto que aparece en la escena inicial. Tras acercarse al lugar descubren que algo extraño los ha marcado: un símbolo parecido al arañazo de tres garras queda plasmado sobre la camioneta y, desde ese momento, Maddie comienza a ser atormentada por una presencia demoníaca.

A partir de ahí, no importa cuánto avancen o a dónde intenten escapar: la entidad siempre parece alcanzarlos. Conforme avanza la historia descubren que se trata de un demonio que acecha y asesina viajeros nocturnos. Una mujer les advierte que no deben conducir de noche y les revela que la única forma de terminar con la maldición es llegar a una iglesia dedicada a San Cristóbal de Licia.

André Øvredal construye mejor el misterio que al monstruo

André Øvredal demuestra nuevamente que entiende muy bien cómo construir tensión a través de lo que no se muestra. La sensación de incertidumbre, de avanzar sin realmente escapar de nada y de sentir que algo los sigue constantemente es, sin duda, lo más efectivo de la película. Hay momentos donde el terror funciona precisamente porque el director deja que el silencio y la oscuridad hagan el trabajo.

El problema comienza cuando la cinta abandona el misterio y decide mostrar demasiado a su criatura. Mientras el demonio se vuelve más físico y presente, el miedo comienza a desaparecer. Lo desconocido deja de sentirse inquietante y varias escenas terminan acercándose más a una película de persecución o acción sobrenatural que a una de terror.

El final de Pasajero del Diablo pierde fuerza y cae en lo absurdo

También cuesta trabajo tomar en serio algunas decisiones del guion. Los protagonistas logran escapar de la muerte en múltiples ocasiones simplemente porque el demonio “disfruta aterrorizándolos”, un recurso que termina sintiéndose más conveniente que lógico. Y aunque la película intenta presentar a la entidad como una amenaza antigua e imparable, resulta difícil creer que dos personajes sin experiencia alguna logren derrotarla prácticamente por intuición.

Es por eso que la primera mitad funciona mucho mejor que la segunda. Mientras Pasajero del Diablo apuesta por la paranoia y el miedo a lo desconocido, la película consigue momentos realmente perturbadores. Pero conforme avanza, la historia pierde fuerza hasta desembocar en un final apresurado que deja la sensación de que había una idea mucho más interesante de la que finalmente llegó a pantalla.

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