Los bobos: extrema violencia, poder y codicia

En entrevista con Acotación Itinerante, Sofía Jallinsky y Juan Basovih hablan sobre Los bobos, una película que utiliza el horror y el humor negro para cuestionar la facilidad con la que el dinero, el poder o la comodidad pueden normalizar la violencia.

Por Miguel Vázquez

No hay monstruos ni tampoco asesinos seriales. En Los bobos, el verdadero terror se sienta contigo en un café. Esa fue la sensación con la que salimos de la función de la nueva película de Sofía Jallinsky y Juan Basovih Marinaro durante el Festival Internacional de Cine Guanajuato (GIFF) 2026. No porque la película renuncie al horror —todo lo contrario—, sino porque sabe que a veces los momentos más perturbadores los protagonizan personas comunes que podrían vivir en nuestro mismo edificio.

El filme cuenta la historia de una organización clandestina integrada por una madre en silla de ruedas (Liliana Weimer), su hijo (Sebastián Romero) y una joven colaboradora (Cecilia Marani). A cambio de una fuerte suma de dinero reciben a personas que buscan deshacerse de un familiar, un amigo o un empleado, ya sea porque buscan quedarse una herencia, cobrar algún tipo de venganza o simplemente porque ya no los soportan. La solución no consiste en asesinarlos, sino en someterlos a un rudimentario tratamiento de electrochoques que anula sus capacidades cognitivas.

La madre nunca abandona su silla; desde ahí dirige el negocio mientras los otros dos hacen el trabajo sucio. Pero conforme la historia avanza queda claro que el verdadero horror no habita en la máquina, sino en quienes deciden utilizarla.

Durante el GIFF 2026, Acotación Itinerante conversó con los cineastas argentinos sobre las obsesiones que dieron origen a esta historia, las violencias que se esconden en la vida cotidiana y por qué decidieron alejarse del villano tradicional para construir una de las películas más incómodas del año.

La violencia que está más cerca

Aunque la película nació de una investigación sobre antiguos tratamientos psiquiátricos como las lobotomías y el electrochoque, además de la influencia de novelas argentinas como La Comemadre y El ojo de Goliat, Sofía Jallinsky y Juan Basovih Marinaro cuentan en entrevista con Acotación Itinerante que muy pronto comprendieron que el verdadero interés de Los bobos no estaba en esos procedimientos, sino en las violencias que conviven con nosotros todos los días.

“Estamos viviendo como sociedad situaciones muy crueles que vienen alimentadas por los altos poderes, pero también hay una violencia mucho más cercana”, explica Jallinsky. “Nos interesaba explorar qué pasa con las violencias que están puertas adentro, con las decisiones personales en relación con tu familia, con tus amigos. La violencia del poder es más visible, pero la violencia que está más cerca es mucho más compleja”.

Para la directora, el verdadero miedo surge cuando entendemos que la crueldad no pertenece únicamente a los grandes sistemas de poder. También puede aparecer en un vecino, un compañero de trabajo o alguien con quien compartimos la mesa todos los días.

No querían otro villano de siempre

Esa misma lógica también explica una de las decisiones más interesantes de la película: las principales figuras de poder son mujeres. Jallinsky explica que simplemente no les interesaba volver a construir el mismo villano masculino poderoso que tantas veces ha aparecido en el cine.

“No nos interesaba mostrar un villano masculino poderoso, que es un poco lo que estamos acostumbrados a ver. Queríamos explorar otra cosa”, explica la directora, quien incluso recuerda entre risas que una amiga suele decirles que hacen falta más villanas en el cine.

El poder ya no necesita levantarse de la silla

Esa decisión dio origen a uno de los personajes más atroces de la película: la madre en silla de ruedas que, pese a su condición, termina siendo quien controla absolutamente todo.

“Nos parecía muy interesante que justamente el personaje más consciente, más más anclada en la realidad sea el personaje más malvado, nos gustaba explorar esto de que este vecino, el hijo o el padre que pueden llegar a ser realmente un monstruo, y lo loco es que toda su maldad nunca se explícita, solamente se le ve hablando, solamente se la ve desarrollando sus ideas, hablando, cuestionando cosa, nos gustaba una villana sentada en la silla de ruedas, que es una suerte de trono”, dijo el director.

Esto gracias a la extraodinaria actuación de Liliana Wárimer. Con solo su tono de voz y los gestos de su rostro, es capaz de reproducir la violencia a un nivel que te termina helando la piel.

“La verdad es que trabajar con Liliana Wáimer fue muy interesante, las cosas que nos iba planteando y lugares tal vez que no nosotros queríamos exacerbar, ella los lleva con naturalidad, para que el terror sea mucho más cercano. Cuando la violencia la tenés tan cerca, es más terrorífico todo, es más es más violento”, dijo Basovih .

Para los directores, la imagen de la mujer en silla de ruedas que controla todo, también funciona como una metáfora del poder contemporáneo.

“El poder hoy en día no necesita moverse de su lugar porque tiene un ejército de personas que ejecuta la maldad por ellos”, explica Jallinsky. Mientras ella permanece inmóvil, otros hacen el trabajo sucio.

Del horror a las risas

Paradójicamente, una película llena de golpes, gritos y momentos de enorme violencia nació desde un espacio completamente distinto.

Basovih cuenta que todas sus películas parten de largos meses de ensayo junto a actores que, además, son amigos cercanos. Esa confianza les permite explorar escenas extremas desde el juego.

“Cuando cortábamos la cámara muchas veces nos largábamos a reír”, recuerda el director. “Explorar la violencia desde un lugar completamente lúdico nos lleva a lugares mucho más interesantes que trabajar desde la solemnidad”.

Un terror que no quiere pertenecer a un solo género

Durante la conversación surgió inevitablemente la idea del llamado terror social argentino. Los directores reconocen que ese elemento está presente, aunque prefieren no encasillar la película.

“Nos gustan las películas que tienen humor, terror, thriller… que van mutando mientras avanzan”, explica Basovih. Incluso revelan que en algún momento pensaron acercarse mucho más a la ciencia ficción, pero terminaron construyendo una máquina rudimentaria porque querían que el espectador sintiera que, aunque no exista, podría existir.

El precio de la violencia

Hay una escena que, sin necesidad de grandes diálogos ni mucho menos acción, termina explicando de qué habla realmente Los bobos.

Después de cumplir con uno de sus trabajos, los personajes cuentan el dinero que acaban de ganar. Lo hacen con una felicidad casi infantil. Ríen, celebran e incluso convierten el momento en una competencia para ver quién cuenta los billetes más rápido. El perdedor recibe un electrochoque. Por un instante, parecen olvidar por completo lo que tuvieron que hacer para conseguir ese dinero.

“Es mi escena favorita también. Nos gusta mucho porque inocente, ellos pensaban que iban a ganar un montón de plata y que ahora les cambiaba la vida y es el momento justo antes donde se pudre todo y no hay vuelta atrás, es esa felicidad mínima, momentánea, en relación al dinero, en relación al vínculo entre ellos, y eso va a desaparecer para siempre”, cuenta la directora.

La escena funciona porque no juzga a sus personajes ni intenta explicar sus decisiones. Simplemente los observa disfrutando, por un instante, el fruto de su trabajo. Lo más perturbador es que el mismo electrochoque que utilizan para destruir la vida de otras personas termina convirtiéndose en parte de un juego entre ellos. La violencia deja de ser únicamente una herramienta para cumplir con su trabajo y se transforma en una forma de convivir, de reír y hasta de competir.

Es un instante breve, pero resume buena parte de la película. La violencia no aparece de la nada, antes llega la ambición, después la justificación y, finalmente, la idea de que cualquier acto puede volverse aceptable si la recompensa parece suficiente.

Los bobos todavía busca distribución en México. Ojalá la encuentre, porque más allá de su humor negro o de la brutalidad de algunas escenas, deja una profunda reflexión sobre la facilidad con la que normalizamos la violencia cuando existe una recompensa de por medio.

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