La negociación: ¿Quién sostiene realmente el arma?

Ambientada en la década de los setenta, Gus Van Sant convierte un caso de secuestro en un intenso thriller, basada en una historia real.

Por: Mariana Ruiz

Puntuación: 3 de 5.

Con La negociación, Gus Van Sant regresa al cine, donde la tensión no solo depende de la acción, sino de las palabras. Basada en el secuestro protagonizado por Tony Kiritsis en 1977, la película encuentra en un solo espacio el escenario perfecto para cuestionar las estructuras de poder, la desesperación y la delgada línea que separa a un criminal de un hombre abandonado por el sistema.

Aunque toman caminos distintos, La negociación comparte con Tarde de Perros (1975) una premisa sorprendentemente similar. Ambas parten del mismo eje: un hombre desesperado que convierte un conflicto personal en un espectáculo mediático mientras mantiene a otra persona como rehén. Sin embargo, mientras Sidney Lumet construyó un retrato humano de Sonny, Van Sant evita romantizar a Tony Kiritsis. La película no busca justificarlo, sino como lo es el estilo del director, observarlo con distancia, dejando que sea el espectador quien decida cuánto hay de víctima y cuánto de victimario

El legado del vaso de leche

Uno de los detalles más sobresalientes es un gesto aparentemente insignificante: ver a Tony beber leche durante el encierro. El cine ha convertido esta bebida en un recurso visual asociado con personajes “violentos”. Ahí está Léon en El perfecto asesino (1994), cuya obsesión por la leche acentúa la calma, Alex DeLarge en La naranja mecánica (1971), donde beber leche antecede explosiones de ultraviolencia o Hans Landa en Bastardos sin gloria (2009), capaz de transformar un simple vaso de leche en un instrumento de intimidación psicológica. En La negociación, esa referencia aparece como un guiño cinéfilo que sitúa a Tony dentro de una tradición de protagonistas cuya apariencia cotidiana resulta mucho más inquietante que cualquier gesto de violencia.

Un hombre y un monólogo constante

Gran parte de esa inquietud recae sobre Bill Skarsgård, quien entrega una de las interpretaciones más precisas. Acostumbrado a personajes físicamente expresivos, como Pennywise en Eso (2017) o el Conde Orlok en Nosferatu (2024), aquí sostiene la tensión desde la palabra, el ritmo y las variaciones emocionales de un hombre atrapado entre la ira y la vulnerabilidad. Tras conocer que la producción se completó en 19 días y, de acuerdo al equipo de CANIBAL, el actor interpretaba hasta 17 páginas de guion en un día de rodaje. Eso no solo demuestra el profesionalismo de Bill Skarsgård, sino una versatilidad interpretativa capaz de mantener intacta la tensión dentro del diálogo. Lejos de sentirse apresurada, su actuación transmite un control absoluto del personaje, convirtiendo extensos diálogos en una experiencia absorbente sin perder la intensidad.

La Negociación / Cine Caníbal

Los recursos que terminan de redondear la propuesta

Además, el jazz de los años setenta que acompaña la película no solo termina de situar la época, sino que imprime un ritmo pausado que contrasta con la tensión del secuestro. Bajo ese recorrido sonoro, compuesto por Danny Elfman, En busca del destino (1997), Spider-Man (2002 y 2004) y Beetlejuice (1988), complementa con precisión el tono; a esto se suma la presencia de artistas como Roberta Flack resulta especialmente significativa: su voz cálida y serena parece humanizar por instantes un relato donde la desesperación nunca desaparece.

Gus Van Sant opta por una puesta en escena austera que evita convertir el secuestro en un espectáculo. La cámara permanece paciente mientras privilegia los rostros y las conversaciones. Esa decisión convierte al espectador en un observador incómodo, obligado a escuchar a un hombre que, aunque claramente ha cruzado una línea moral, también evidencia las fracturas de un sistema financiero y judicial que parece incapaz de ofrecer alternativas antes de que la desesperación estalle.

La Negociación / Cine Caníbal

Y es justamente ahí donde La negociación se consolida. La película nunca absuelve a Tony Kiritsis, pero tampoco permite que las instituciones salgan intactas. ¿Es el villano quien sostiene un arma contra el cuello de otro hombre? ¿O quienes, desde mucho antes, construyeron las circunstancias que hicieron imaginable un acto de este tipo? Van Sant entiende que las respuestas fáciles rara vez son las más honestas. En un conflicto donde todos parecen defender una verdad distinta, la película nos recuerda que el verdadero antagonista quizá no sea una persona, sino un sistema que solo presta atención cuando alguien amenaza con romperlo.

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