En entrevista, Atzin Ortiz González, Gustavo Lavariega y Jesús Ortiz hablan de Entre tierras, un documental sobre la separación familiar y el reto de reconstruir la vida en México después de una deportación.
Por Miguel Vázquez
Para Jesús Ortiz, una de las partes más difíciles de volver a México ha sido aprender a ser padre a través de una pantalla. Su hija permanece en Estados Unidos y, aunque las videollamadas les permiten mantener el contacto, hay preguntas que la tecnología no puede resolver: “¿Por qué no me llevas a la escuela? ¿Por qué no te compras un boleto de avión y vienes?”.
Esa separación familiar es uno de los temas centrales de Entre tierras, documental de Atzin Ortiz González que sigue a Ana Laura López, Gustavo Lavariega y Jesús Ortiz mientras reconstruyen sus vidas en México después de ser deportados de Estados Unidos, donde trabajaron y formaron una familia.
En entrevista con Acotación Itinerante, el director y los protagonistas Gustavo y Jesús hablaron sobre la adaptación después del regreso, la crianza a distancia y lo que significó compartir sus experiencias frente a una cámara.

Volver a México y aprender a ser padre a distancia
Para Gustavo, la adaptación sigue en proceso. El deseo de regresar a Estados Unidos aparece todavía, mientras intenta encontrar su lugar en México tanto en el trabajo como en otros aspectos de su vida cotidiana.
Jesús distingue entre reconocer el país donde nació y construir una vida adulta en él. Se fue a los 19 años y, al regresar, tuvo que reinventarse laboralmente. En el colectivo Deportados Unidos en la Lucha aprendió serigrafía con ayuda de sus compañeros, entre ellos Gustavo, antes de buscar oportunidades relacionadas con lo que sabía hacer.
Sin embargo, explica, la dificultad más grande permanece en la relación con su hija: acompañar su crecimiento sin poder llevarla a la escuela, compartir sus actividades o estar físicamente cuando lo necesita.
“He buscado libros, he buscado en internet, he buscado cómo puedo ser un padre ausente”, cuenta Jesús.
Las llamadas les permiten conversar, pero también lo enfrentan a la necesidad de explicarle por qué no puede visitarla. Conforme ella crece, comprende mejor la situación, aunque para él sigue siendo difícil traducir una restricción migratoria a la experiencia de una niña que quiere ver a su papá.
“Estoy ahí para explicarle, pero no puedo estar ahí para llevarla sobre ese camino”, expresa.
Gustavo comparte esa preocupación. Para él, la paternidad a distancia exige encontrar formas de orientar y acompañar a los hijos, incluso cuando los horarios y la separación dificultan la comunicación. Mantener ese vínculo implica seguir participando en sus vidas con los recursos disponibles.
“El tratar de aprender a ser padre a larga distancia es un reto y hay que tomarlo por los cuernos y tratar de dar lo mejor que se pueda”, dijo.

Entre tierras y la vida después de la deportación
Atzin cuenta que, al inicio, imaginaba una película más enfocada en las acciones del colectivo. Durante el proceso, decidió acercarse a las experiencias personales y a las relaciones familiares de sus protagonistas.
El director reconoce que hablar de deportación implica hablar de política. Sin embargo, decidió centrarse en las experiencias de las familias separadas, con la intención de que el público comprenda lo que viven y pueda acercarse al tema desde la empatía.
“Creo que una de las maneras donde uno puede apelar a un diálogo es la empatía, es la humanidad, es aquello que nos hace humanos”, señala.
Su acercamiento al proyecto comenzó después de conocer la historia de Ana Laura durante el contexto del debate presidencial de 2018. El interés por saber quién era lo llevó a buscarla y, posteriormente, a desarrollar una película sobre las consecuencias del regreso forzado.
En Entre tierras, ese regreso da paso a preguntas que permanecen durante años, cómo conseguir trabajo, cómo recuperar cierta estabilidad y cómo sostener una familia cuando sus integrantes viven en países distintos.

Mirar la propia historia en una película
Compartir su vida frente a la cámara también modificó la manera en que los protagonistas entendían su experiencia. Gustavo explica que el proceso le permitió pensar más en el sufrimiento de las familias que permanecen del otro lado de la frontera.
Para Jesús, verse en el documental fue una oportunidad de reconocer su dolor y, al mismo tiempo, dejar de pensar que la deportación definía por completo quién era. También encontró una forma de hacer visibles las experiencias de quienes pasan por situaciones semejantes.
“Que la audiencia sepa que no solo somos números, sino somos vidas, somos historias, somos separaciones, somos llantos, somos tristeza”, afirma.
La realización también llevó a Atzin a revisar su propia relación con la migración. Después de estudiar y vivir ocho años en Argentina, había regresado a México sin identificarse necesariamente como migrante. Escuchar a los protagonistas lo hizo reconocer las diferencias entre su experiencia y la de quienes enfrentan una deportación, así como los privilegios que habían acompañado su movilidad.
“Primero nos decimos somos expats antes de ser migrantes”, reflexiona el director, quien considera necesario cuestionar las palabras con las que se nombran estas experiencias y los prejuicios asociados a ellas.
Para Jesús, la posibilidad de compartir su historia tiene el propósito de que el público pueda reconocer a las personas detrás de las cifras. Personas cuya vida continúa después de la deportación y que, como él y Gustavo, siguen buscando cómo estar presentes para sus hijos desde el otro lado de una pantalla.



