Clayface: el horror corporal como una condena

La película encuentra en el horror corporal una forma de hablar sobre el rechazo, la identidad y la industria que desecha a quienes dejan de ser útiles. Sus imágenes son brutales y por momentos memorables, aunque su historia no siempre está a la altura de sus mejores escenas.

Por Miguel Vázquez

Puntuación: 4 de 5.

Advertencia: esta crítica contiene spoilers.

El horror corporal puede ser mucho más que ver un cuerpo deformarse, abrirse o convertirse en algo grotesco. Su fuerza está en lo que esas transformaciones nos obligan a mirar: el miedo a perder nuestra identidad, la fragilidad de nuestra apariencia y la posibilidad de que nuestro propio cuerpo deje de pertenecernos. Clayface encuentra en estos elementos sus momentos más destacados, sin embargo, no siempre consigue llevar esas ideas tan lejos como sus imágenes prometen.

Matt Hagen es un actor cuya apariencia forma parte de su trabajo y de la manera en que se relaciona con el mundo. Cuando su rostro queda desfigurado, no solo pierde aquello que lo hacía reconocible, también descubre lo fácil que resulta para la industria cinematográfica darle la espalda cuando deja de ser el hombre que podía vender una película, conseguir un papel o aspirar a un premio. El rechazo no se limita a Hollywood. También alcanza a las personas que lo rodean, mientras su vida se desmorona junto con la imagen que tenía de sí mismo.

La tragedia de Matt está en que su cuerpo no es un elemento separado de su identidad. Es parte de lo que ha construido como actor, de cómo consigue la atención de los demás y de la forma en que entiende su propio valor. Al perderlo, pierde también la posibilidad de seguir habitando su vida como antes. La transformación física se convierte así en una crisis personal.

El horror de no reconocerse

Las deformaciones de Matt son uno de los mayores aciertos de la película. Hay escenas que recuerdan a La mosca, de David Cronenberg, y a Coralie Fargeat, por la manera en que convierten el cuerpo en el escenario de una pesadilla, especialmente cuando la anatomía deja de obedecer a una lógica reconocible y adquiere proporciones extrañas, incómodas, horribles.

Es ahí donde Clayface demuestra que entiende las posibilidades del horror corporal. No se trata solamente de provocar repulsión, sino de alterar algo tan familiar como nuestra propia anatomía hasta volverla ajena. El cuerpo sigue siendo el mismo y, al mismo tiempo, ya no lo es. Para Matt, esa contradicción también implica dejar de reconocerse en la persona que ve frente al espejo.

Clayface / Warner Bros Pictures MX

Recuperar el cuerpo no significa recuperar la vida

Lo interesante es que las transformaciones de Matt no representan únicamente una pérdida. Conforme descubre cómo funcionan sus nuevas capacidades, aquello que al principio le provoca miedo también se convierte en una salida. Su cuerpo, que parecía condenarlo al aislamiento, le ofrece la posibilidad de recuperar cierto control sobre sí mismo.

Pero esa recuperación tiene un costo. Matt empieza a utilizar sus poderes para vengarse de quienes lo lastimaron y, poco a poco, la película deja de presentar su transformación solamente como una tragedia para convertirla también en una amenaza.

La escena de la venganza en el club es uno de los ejemplos más contundentes. Matt se enfrenta a Markos Szabo (David Dencik) responsable de la agresión que desfiguró su rostro y lo obliga a experimentar una versión de su propio sufrimiento. La escena funciona porque no se limita a mostrar una muerte sangrienta. Matt convierte su cuerpo en un arma y utiliza la transformación para imponerle a otra persona el dolor que ha experimentado. La carne deja de ser únicamente aquello que lo hace vulnerable; ahora también es el instrumento con el que puede castigar.

Recuperar el cuerpo no significa recuperar la vida

Uno de los elementos que más destaca de Clayface es que la transformación de Matt no se limita a condenarlo. Cuando comienza a comprender sus nuevas capacidades, el horror también se convierte en una forma de recuperar el control sobre su cuerpo y, con él, sobre una vida que parecía perdida. La película encuentra aquí una dualidad que resultaba bastante interesante, aquello que lo separa de los demás , también le permite dejar de sentirse indefenso.

El problema es que esa evolución resulta más interesante en lo visual que en su desarrollo dramático. Las transformaciones de Matt tienen una presencia que pocas películas de terror corporal consiguen, pero su paso de víctima a amenaza avanza por un camino bastante predecible. La historia nos permite entender que su sufrimiento alimenta la violencia, aunque no siempre profundiza en las contradicciones de un personaje que empieza buscando recuperar su vida y termina dispuesto a destruir la de otros.

Clayface / Warner Bros Pictures MX

El deseo de convertirse en alguien más

El asesinato de John Borelli (Max Minghella) funciona porque rompe con la idea de que su violencia está dirigida exclusivamente contra quienes lo lastimaron: Matt también puede eliminar a alguien que se interponga entre él y aquello que desea.

La sorpresa, sin embargo, no resuelve un problema de construcción. La película establece la atracción de Matt hacia la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie) y su necesidad de encontrar una conexión afectiva, pero no desarrolla suficientemente el tránsito entre esos sentimientos y la decisión de matar al policía. Podemos creer que Matt sea capaz de hacerlo; lo que cuesta es sentir que la historia nos ha llevado hasta ese punto de manera convincente.

La diferencia importa. Un giro puede sorprender y, aun así, dejar la sensación de que faltó preparar emocionalmente el terreno. En este caso, habría sido interesante ver cómo los celos y la frustración se convierten gradualmente en una necesidad de ocupar el lugar de otro. La capacidad de Matt para adoptar distintas apariencias ofrece una oportunidad narrativa que la película apenas alcanza a sugerir: ya no quiere solamente cambiar su rostro, también parece querer convertirse en alguien que pueda ser amado.

Esa idea encuentra una expresión más clara en el desenlace, cuando Matt reproduce con su cuerpo a la doctora después de que ella termine por atacarlo. Es una de las imágenes más tristes de la película, aunque depende de cuánto consiga conectar el espectador con la soledad del personaje. Matt puede fabricar un rostro, pero no construir una relación; puede reproducir una presencia, pero no recuperar a quien se ha ido.

Clayface / Warner Bros Pictures MX

Un horror corporal más potente que su historia

Clayface tiene una virtud que también termina por exhibir su principal debilidad: sus imágenes suelen ser más interesantes que la estructura que las contiene. La película apuesta por un relato de origen reconocible, con una pérdida inicial, una oportunidad de recuperación, el descubrimiento de nuevas capacidades y una progresiva transformación del protagonista en amenaza. No hay nada malo en recurrir a esa estructura, pero aquí termina por limitar las posibilidades de una premisa que podría ser mucho más incómoda.

El terror funciona especialmente bien cuando la deformación de Matt altera nuestra percepción del cuerpo y vuelve extraña una experiencia cotidiana. En esos momentos, la película se acerca a la fuerza y la imaginación grotesca de Cronenberg. No obstante, a veces parece conformarse con el impacto de la imagen, cuando lo más interesante sería explorar cómo cambia la relación del personaje consigo mismo y con quienes lo rodean.

Por eso, aunque Clayface tiene secuencias brutales y una interpretación del horror corporal que va más allá de la mutilación, no alcanza del todo la complejidad de las películas con las que dialoga. Su protagonista ofrece material para una tragedia sobre la identidad, el rechazo y la necesidad de ser amado, pero el desarrollo convencional de la historia impide que todas esas ideas tengan el mismo peso.

Lo mejor de Clayface aparece cuando deja que el cuerpo hable por Matt. Lo menos convincente surge cuando necesita explicar mediante los acontecimientos aquello que sus imágenes ya habían expresado con mayor fuerza. La película tiene claro que perder el rostro puede significar mucho más que perder la apariencia; le cuesta más convertir esa idea en una evolución dramática igual de contundente.

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