El director Francisco Ohem reconstruye en su documental el fenómeno Yu-Mex, protagonizado por músicos que adoptaron las rancheras y el mariachi sin haber visitado México. La película también recupera la historia de Un día de vida, de Emilio “El Indio” Fernández, y plantea preguntas sobre la identidad nacional y el poder del cine.
Por Miguel Vázquez
Una película mexicana que encontró una respuesta inesperada al otro lado del mundo, músicos que vistieron de charros sin conocer México y canciones rancheras que se convirtieron en una forma de expresión en la antigua Yugoslavia. Lo que parece una anécdota improbable es el punto de partida de Los mariachis perdidos, documental en el que Francisco Ohem emprende un viaje para recuperar la memoria del fenómeno musical conocido como Yu-Mex.
Seleccionada en la competencia de Documental Mexicano del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), la película explora cómo la música mexicana encontró un lugar en los Balcanes durante las décadas de 1950 y 1960. Pero Ohem no se limita a reconstruir la historia de quienes interpretaron rancheras en serbocroata, también se pregunta qué ocurre cuando otra cultura adopta nuestros símbolos y les da un significado propio.
“Fue una copia genuina”, afirma el cineasta al hablar de los músicos que tomaron prestadas las canciones mexicanas y las transformaron para hablar de sus propias experiencias.

¿Por qué los músicos yugoslavos hicieron suya la música mexicana?
El origen de Los mariachis perdidos está en una historia que, para buena parte del público mexicano, permanece fuera del imaginario habitual sobre el mariachi. Durante el siglo pasado, intérpretes de la antigua Yugoslavia comenzaron a formar agrupaciones inspiradas en la música ranchera, los tríos y los conjuntos mexicanos. Adaptaron canciones, escribieron nuevas letras y construyeron una imagen del país a partir de las películas y la música que llegaban hasta ellos.
Para Ohem, descubrir este fenómeno también significó reconsiderar una tradición que en México suele darse por sentada.
“Para nosotros es tan común de toda la vida que no te das cuenta del verdadero enorme valor que tiene esta música”, explica. Su investigación le permitió reconocer el alcance de esas expresiones, que también han encontrado públicos en otros países de América.
Sin embargo, el documental no busca presentar el Yu-Mex únicamente como una curiosidad cultural. El director propone observar las circunstancias históricas en las que estos músicos encontraron en México una fuente de inspiración.
De acuerdo con Ohem, en aquel contexto existían restricciones políticas y culturales que condicionaban la expresión de las tradiciones regionales. Frente a ese panorama, la música mexicana abrió una posibilidad distinta para una generación de jóvenes.
“Yo siempre lo relaciono un poco como con el rock and roll. Para ellos el mariachi fue como cuando llegó en otros lugares el rock and roll en los años 50”, señala.
La apropiación de esa música no implicaba necesariamente renunciar a sus propias identidades. En las canciones, los intérpretes podían hablar de amor, fantasías y experiencias personales, mientras la figura de México funcionaba como un territorio imaginario compartido.
“De pronto todos podían ser mexicanos”, resume Ohem.

La película de Emilio “El Indio” Fernández que conquistó Yugoslavia
La música no fue el único vínculo entre México y los Balcanes. En la investigación de Ohem aparece también Un día de vida, película de Emilio “El Indio” Fernández cuya recepción en Yugoslavia tuvo consecuencias inesperadas.
El director considera que el largometraje llegó en un momento particular de la historia yugoslava y conectó con una sociedad que atravesaba un profundo vacío emocional. Mientras que en México la cinta no consiguió mantener el éxito de otros trabajos de Fernández, al otro lado del mundo provocó una respuesta que contribuyó al nacimiento del fenómeno Yu-Mex.
“Es casi casi un milagro cinematográfico”, dice Ohem al recordar la llegada de la película a ese territorio.
El documental propone así recuperar una obra que, pese a su impacto en el extranjero, no suele ocupar un lugar central en las conversaciones sobre la filmografía de Fernández. La historia de su recepción permite, además, cuestionar la manera en que se mide el valor de una película a partir de su éxito en el país donde fue producida.
Para Ohem, investigar el fenómeno también implicó una labor de rescate y reevaluación cinematográfica. No se trataba únicamente de traer a México la historia de los músicos yugoslavos, sino de regresar a una película mexicana y explorar por qué había conectado de manera tan profunda con un público distante.
La relación entre ambas obras abre una pregunta: ¿cuántas películas adquieren una vida distinta cuando llegan a espectadores cuyas experiencias históricas no tienen nada que ver con las de su país de origen?

Un documental que juega con la identidad mexicana
Uno de los aspectos más particulares de Los mariachis perdidos es la manera en que aborda su propia historia. En lugar de limitarse a reunir testimonios y explicar el fenómeno desde una perspectiva externa, Ohem construye una voz narrativa que busca reproducir el intercambio cultural que dio origen al Yu-Mex.
“Quise hacer una película yugoslava”, cuenta el director.
La decisión surgió de su interés por seguir el juego de aquellos músicos que tomaron elementos mexicanos y los transformaron. Como no existe un único protagonista que conduzca toda la historia, Ohem imaginó un narrador yugoslavo construido a partir de las anécdotas, las personalidades y los sentimientos de personas que conoció durante su investigación, además de sus lecturas e imaginación.
La propuesta también está relacionada con las dificultades del rodaje. El cineasta recuerda que la producción se realizó con recursos limitados y que, en muchas ocasiones, trabajaba únicamente con el fotógrafo. Ninguno de los dos hablaba los idiomas de la región.
Esa barrera tuvo consecuencias directas en la filmación. Algunas conversaciones se grababan sin que el equipo pudiera comprenderlas en ese momento. Ohem podía regresar a México, esperar semanas para traducir el material y descubrir entonces qué habían contado sus interlocutores.
Lejos de considerar esa distancia únicamente como un obstáculo, el cineasta encontró en ella una posibilidad narrativa. Quería que el espectador experimentara algo parecido a lo que él sintió al descubrir por primera vez las portadas y grabaciones de Yu-Mex: una mezcla de familiaridad y extrañeza ante símbolos reconocibles que aparecían en un contexto inesperado.
La película también utiliza el humor para cuestionar los símbolos con los que suele representarse a México. El sombrero, el bigote y el mariachi forman parte de un imaginario reconocible, pero Ohem invita a preguntarse hasta qué punto esos elementos definen realmente una identidad nacional.
“Creo que es una peli que puede ser una aventura disfrutable para la gente, pero que creo que también cada quien va a salir con preguntas”, explica. “A mí no me interesa mucho darles respuestas, sino que cada quien se quiera preguntar distintas cosas”.
Francisco Ohem: el cine puede conectar con los traumas de una sociedad
La historia de Los mariachis perdidos también está marcada por el paso del tiempo. Durante su recorrido por los Balcanes, Ohem buscó a músicos que participaron en el movimiento y que pudieran compartir sus recuerdos de aquella época.
Para el director, escuchar a quienes todavía conservan esa memoria permite dimensionar una relación con el cine que parece distante de la experiencia contemporánea. Durante la entrevista, recuerda que algunas personas mayores todavía se emocionan hasta las lágrimas al evocar la primera vez que vieron Un día de vida, hace alrededor de siete décadas.
Esa respuesta lo lleva a reflexionar sobre la capacidad de una película para intervenir en la memoria colectiva, especialmente cuando una historia logra conectar con las experiencias y los sentimientos de una población.
“Al final, si algo espero que el documental pueda traer es un poco una afirmación del poder que puede tener el cine para mediar en traumas y sentimientos de una población”, afirma.
La película encuentra así una conexión entre la historia de la música mexicana en Yugoslavia y una pregunta más amplia sobre el cine: ¿qué hace que una obra permanezca en la memoria de una sociedad mucho después de su estreno?
Para Ohem, esa capacidad también permite reconsiderar el lugar que ocupa la cultura mexicana fuera del país. Su investigación le hizo valorar de nuevo la música y el cine nacionales, pero también reconocer que la imagen de México en el imaginario internacional puede combinar aventura, riesgo, romance y estereotipos.
Los mariachis perdidos parte de una historia extraordinaria para volver sobre esas preguntas sin intentar resolverlas de manera definitiva. En su recorrido, el documental recupera a músicos que encontraron en México una identidad posible, una película que tuvo una segunda vida lejos de su origen y una tradición que, al cruzar fronteras, demostró que su significado no permanece fijo.
ESTA ENTREVISTA SE HIZO EN EL MARCO DEL FICM 24




