En entrevista con Acotación Itinerante, Joaquín del Paso habla de El jardín que soñamos, una historia que reúne migración haitiana, tala ilegal y la contradicción de sobrevivir destruyendo el lugar que ofrece refugio.
Por Miguel Vázquez
Encontrar trabajo puede ser el primer paso para construir una vida mejor. Para la familia haitiana de El jardín que soñamos, también significa involucrarse en la destrucción del lugar que le ofrece refugio. Después de abandonar su país y emprender un viaje hacia el norte, Esther, Junior y las pequeñas Flor y Aisha llegan a un bosque mexicano donde la posibilidad de quedarse depende de la tala ilegal. El paisaje parece ofrecerles la tranquilidad que buscan, pero las condiciones para habitarlo pronto ponen en duda esa promesa.
En su tercer largometraje, Joaquín del Paso reúne dos migraciones que se encuentran en el centro de México: la de una familia que busca llegar al norte del continente y la de las mariposas monarca que vuelan hacia el sur. Sus trayectos coinciden en un territorio donde la necesidad de sobrevivir, la explotación laboral y la devastación ambiental se vuelven parte del mismo conflicto.
Después de Maquinaria Panamericana y El hoyo en la cerca, el realizador se acerca a una historia más íntima, protagonizada por Néhémie Bastien y Faustin Pierre, junto con Kimaëlle Holly Preville, Ruth Aicha Pierre Nelson y Carlos Esquivel. La familia ocupa el centro del relato, pero alrededor de ella aparecen trabajadores, comunidades y formas de explotación que condicionan sus posibilidades de elegir.
En entrevista con Acotación Itinerante, Del Paso explica que precisamente le interesaba conservar las contradicciones de ese encuentro: llegar a un lugar hermoso no significa estar a salvo, y conseguir un empleo tampoco garantiza que sea posible salir adelante sin perjudicar a otros.

Dos migraciones que se encuentran en un bosque
La idea surgió durante la pandemia, cuando el director comenzó a investigar la disminución de las mariposas monarca que llegaban a México. La tala ilegal y la destrucción de los bosques de oyamel en Michoacán y el Estado de México lo hicieron pensar en la posibilidad de perder un fenómeno con el que muchos mexicanos han crecido.
Al mismo tiempo, la presencia de campamentos de familias haitianas en Ciudad de México hizo más visible para él otra migración: la de quienes habían recorrido miles de kilómetros y permanecían en el país mientras esperaban continuar hacia Estados Unidos.
Esa experiencia le permitió cuestionar desde dónde se cuentan habitualmente estas historias. En el cine mexicano, los relatos migratorios suelen colocar a los mexicanos como protagonistas del viaje al norte; en esta película, el país es el territorio al que llegan otras personas después de enfrentar abusos, pérdidas y dificultades, y donde todavía les esperan nuevos obstáculos.
Del Paso trasladó ambas inquietudes al bosque. Al escribir, encontró que las historias podían relacionarse mediante la búsqueda de libertad y de un espacio donde establecerse. Las mariposas y la familia necesitan desplazarse para continuar viviendo, pero el lugar donde sus caminos se cruzan también está desapareciendo.
La contradicción de trabajar para quienes destruyen tu refugio
Junior encuentra una oportunidad laboral dentro de la tala ilegal. El ingreso puede ayudarlo a continuar el viaje, aunque también abre la posibilidad de quedarse y cuidar a la familia. Esa tensión fue uno de los aspectos que Del Paso quiso explorar: sus personajes desean salir del bosque, pero al mismo tiempo necesitan algo de lo que ese lugar les ofrece.
El director explica que ellos reconocen que el trabajo es duro y que no es correcto. Sin embargo, la necesidad vuelve mucho más difícil rechazarlo. La película permite observar cómo una oportunidad puede convertirse en una dependencia y cómo una decisión tomada para proteger a la familia termina involucrándola en un entorno peligroso.
La misma intención aparece en su tratamiento de los taladores. Aunque sus acciones destruyen el bosque, Del Paso considera insuficiente presentarlos únicamente como los malos de la historia. También forman parte de una economía que exige madera barata y acepta condiciones laborales precarias; algunos encuentran ahí una forma de subsistir ante la falta de mejores oportunidades.
El conflicto se extiende así más allá de quienes empuñan una motosierra. La demanda de madera, las condiciones de trabajo y la necesidad de obtener ingresos hacen que la destrucción involucre a personas con responsabilidades y posibilidades muy distintas. Al colocar a la familia dentro de ese sistema, la película pregunta cuánto margen tiene alguien para elegir cuando lo urgente es alimentar y proteger a quienes lo acompañan.

Escuchar la tala desde el interior de un árbol
La violencia sobre el bosque también se expresa en la forma de escucharlo. Del Paso recuerda que la primera secuencia que escribió partía de un espacio vivo en la oscuridad: especies, movimientos y crujidos que daban cuenta de todo lo que habitaba ahí. Después llegaban los camiones.
“Estos camiones rugían como unas bestias mecánicas, como unas máquinas infernales y rompían la paz del ambiente”.
Desde ese momento quedó definido el contraste sonoro que recorrería la película. Las máquinas, los disparos, los gritos y la caída de los árboles interrumpen la quietud del entorno. Cada irrupción modifica la experiencia del lugar y hace perceptible una violencia que alcanza tanto a la familia como al territorio.
El trabajo de sonido de Lena Esquenazi, Valeria Mancheva y Antonio Porém acompaña una propuesta visual fotografiada por Gökhan Tiryaki, colaborador de Nuri Bilge Ceylan en películas como Winter Sleep y Érase una vez en Anatolia. Del Paso buscaba una cercanía con los personajes que también permitiera percibir la dimensión del paisaje que los rodea.
El director describe una secuencia que lleva esa intención más lejos: escuchar un árbol mientras es talado desde su interior. La perspectiva deja por un momento a las personas para imaginar cómo se experimentaría la destrucción desde aquello que está siendo destruido.
Esa posibilidad de cambiar de punto de vista resulta fundamental para él. La película puede acompañar a Esther, Junior o las niñas, pero también acercarse al bosque mediante recursos que permiten sentirlo como algo vivo. El sonido participa de esa experiencia y amplía lo que la imagen puede mostrar.

Una película mexicana contada en criollo haitiano
La decisión de filmar en criollo haitiano y español parte de la misma búsqueda de cercanía. Los protagonistas se comunican entre ellos en su lengua, mientras que el mundo que los rodea habla un idioma que comprenden poco o que desconocen.
Del Paso quería que esa barrera estuviera presente en la experiencia de los personajes. Su tránsito por México implica interpretar situaciones, negociar y relacionarse con personas en condiciones que dificultan incluso la comunicación más cotidiana.
Llevarlo al rodaje requirió una cadena de traducciones. El equipo contó con una intérprete que facilitaba el intercambio entre español y francés; los actores trabajaron con el guion en francés y con los diálogos traducidos al criollo haitiano. La comunicación con ellos se desarrollaba principalmente en francés, aunque frente a la cámara debían expresarse en criollo.
Cuando había improvisación, el proceso dependía especialmente de la confianza. El director no podía comprender cada frase de manera inmediata y debía apoyarse en el compromiso de los intérpretes con las situaciones y el sentido de la historia.
A eso se sumaba la comunicación en inglés con Tiryaki. En el rodaje convivieron español, francés, criollo haitiano, inglés y turco: un intercambio de lenguas necesario para construir una película centrada en personas que intentan hacerse entender en un país ajeno.
El derecho a seguir buscando un lugar mejor
El título de El jardín que soñamos recoge el deseo que impulsa a la familia: encontrar un sitio donde los niños puedan correr tranquilamente, donde sea posible vivir en paz y donde la violencia no organice cada decisión.
Del Paso reconoce en ese lugar una utopía, pero también una aspiración que debería estar al alcance de todos. La dificultad de encontrarlo no anula la necesidad de seguir buscándolo.
Por eso, cuando hablamos del desenlace, el director matiza la idea de un final únicamente crudo. Para él, existe una posibilidad de alivio que convive con la incertidumbre sobre lo que vendrá después. Resolver una situación no significa que el camino haya terminado ni que los personajes estén libres de nuevos problemas.
Sin revelar el cierre, su decisión fue permitirles conservar un futuro más allá de lo que vemos en pantalla. La película puede mostrar experiencias duras y momentos de sufrimiento, pero el director también asume una responsabilidad sobre las posibilidades que deja abiertas para ellos.
“Todavía pueden continuar”, dice.
Tras su estreno mundial en Panorama de la Berlinale 2026, El jardín que soñamos obtuvo en Málaga los premios a Mejor Película Iberoamericana, Mejor Dirección y Mejor Fotografía, además del Gran Premio del Jurado de la Competencia Iberoamericana de Seattle, antes de su presentación en la Selección Oficial del Festival Internacional de Cine de Morelia.




