En entrevista, Manuela Irene reflexiona sobre el miedo a la muerte, la niñez y el imaginario maya detrás de su película.
El Monstruo de Xibalbá es una de esas películas que se acercan a la infancia sin subestimarla. Dirigida por Manuela Irene, la cinta propone un relato de crecimiento marcado por la curiosidad, la imaginación y una pregunta tan antigua como inevitable: ¿Qué pasa cuando morimos?
La historia sigue a Rogelio, un niño que pasa una temporada en un pueblo de la Península de Yucatán y que, entre juegos y leyendas mayas , comienza a confrontar su obsesión con la muerte.
En entrevista con Acotación Itinerante, Manuela Irene explicó que el origen de la película es profundamente personal. La directora confesó que el motor creativo nació de un miedo que la acompañó desde la infancia:
“Me inspiré en mi propio miedo a la muerte, era pensamiento que tuve obsesivamente en mi infancia. La muerte, el envejecimiento, era algo que me costaba mucho llegar a buen término con con esos pensamientos”
Ese temor, lejos de convertirse en un discurso oscuro o solemne, se transforma en la película en una exploración sensible y luminosa de las preguntas existenciales que también atraviesan a los niños, aunque rara vez se les permita expresarlas en el cine.

Un protagonista niño, curioso y prematuramente adulto
El personaje de Rogelio está construido desde una observación cotidiana y afectiva de la infancia. Manuela Irene relató que la inspiración surgió de escenas comunes, pero reveladoras:
“Ver estos niños como como a las 2 y tantos de la tarde regresando a casa con esos mochilones llenos de libros y generalmente con el suéter amarrado en la cintura y unas papitas fritas ahí llenas de salsa Valentina”
A partir de ahí, la directora decidió dotar al protagonista de un pensamiento más maduro de lo habitual, algo que dialoga directamente con su contexto familiar:
“Decidí adjudicarle a Rogelio un pensamiento más maduro, ¿no? que entra en congruencia con el hecho de que sus papás son divorciados y no lo pelan”
La película no romantiza la soledad, pero sí reconoce cómo ciertas ausencias obligan a crecer antes de tiempo.
La música como eje emocional y simbólico
Uno de los elementos más destacados de El Monstruo de Xibalbá es su propuesta musical, que dialoga con la tradición, el misterio y la identidad. Manuela Irene explicó que la música de Silvestre Revueltas fue una influencia clave desde las primeras etapas del proyecto:
“Encontré una pieza que se llama Dos Pequeñas Piezas Serias de Silvestre Revueltas y se la metí y como que de pronto iba a talleres o así mostraba esto”
Esa intuición inicial terminó marcando el tono sonoro de la película, que combina composiciones originales con referencias a un “México viejo”, épico y misterioso. A esto se suma el rap en lengua maya, escrito originalmente en español y adaptado con la colaboración del rapero Pat Boy, manteniendo la decisión consciente de no subtitularlo para preservar su fuerza sensorial.

Filmar en la Península: pocos recursos, mucha intuición
Lejos de un rodaje controlado en foro, la película se filmó como un viaje continuo por distintas locaciones de Yucatán. Para la directora, trabajar con un equipo reducido fue una decisión ética y estética:
“No quería sentir que llegaban así los camiones y la infraestructura y la maquinaria como interrumpir con la fluidez, con la energía del lugar”
El rodaje, que se extendió durante ocho semanas, implicó retos físicos, logísticos y de salud, pero también permitió una conexión más orgánica con el entorno y con los actores, especialmente los niños.
¿Una película para niños?
Ante la pregunta sobre el público al que va dirigida la película, Manuela Irene fue clara en rechazar etiquetas cerradas:
“No me gusta pensar… es para niños, es para hombres, es para mujeres, siento que esas generalizaciones no van acorde a mi manera de ver las cosas”
Para ella, el cine debe partir de la honestidad emocional y no de estrategias de segmentación:
“para mí es muy importante hacer películas que conmuevan”
Esa postura se ha visto reflejada en la respuesta del público, que ha incluido tanto adultos como niños. Uno de los comentarios que más la marcaron fue el de una madre cuyo hijo, tras ver la película, expresó un deseo inesperado:
“Luca después de ver la película me dijo que quería ser director de cine.”
Más de una década para llegar a la pantalla
El Monstruo de Xibalbá no es solo una ópera prima, sino el resultado de más de diez años de trabajo, dudas y persistencia. Manuela Irene compartió que durante mucho tiempo se cuestionó si lograría concretar el proyecto, pero la convicción de que esa historia solo podía existir a través de ella fue determinante:
“Leía el guión y me encantaba y decía, ‘es que yo quiero que esto exista y solo va a existir a través de mí.’”
Hoy, con la película exhibiéndose en salas y espacios culturales, la directora describe el estreno como una experiencia profundamente satisfactoria, no solo profesional, sino vital. El Monstruo de Xibalbá se presenta así como una obra íntima y poderosa, que confía en la imaginación infantil para hablar de la muerte sin miedo, desde la curiosidad y la empatía.




