Tú, Yo y la Toscana construye una fantasía romántica ligera entre viñedos, comida italiana y mentiras improvisadas
Por Miguel Vázquez
Hay películas que están hechas para despejarse un rato, alejarse de todos los pensamientos y simplemente dejarse llevar y reír un poco. Este es el caso de Tú, Yo y la Toscana, una película con una premisa sencilla que nunca busca ir más allá de lo que propone.

¿De qué trata Tú, Yo y la Toscana?
Anna Montgomery (Halle Bailey) una joven aspirante a chef que abandonó sus sueños tras la muerte de su madre, trabaja cuidando casas y viviendo la fantasía de tener mucho dinero y una vida acomodada. Por ello, cuando los dueños de las casas donde trabaja se van, finge tener sus vidas, utiliza su ropa, duerme en sus habitaciones e incluso sale a las calles aparentando ser alguien que no es.
No obstante, en una ocasión es sorprendida por su jefa y termina despedida. Sin trabajo, dinero ni un lugar donde dormir, conoce a Matteo Costa (Lorenzo de Moro), un italiano adinerado que conecta rápidamente con ella. Tras una noche juntos —en la que realmente no ocurre nada porque él se queda dormido— la joven se convence de que su camino está en Italia, por lo que, con sus últimos ahorros y un boleto de avión que le dejó su madre, emprende el viaje.
Es así como llega a la Toscana, justo cuando la región se prepara para celebrar su famoso festival. Debido a las fechas, no consigue hotel y termina metiéndose a escondidas en la lujosa villa de Matteo. Ahí comienza a vivir hasta que es descubierta por la familia de éste. Es en ese momento cuando Anna decide fingir ser la prometida de Matteo. Engaña a toda la familia y, de alguna manera, consigue salirse con la suya. Todo parece marchar bien hasta que Michael (Regé-Jean Page), el primo de Matteo, comienza a encariñarse con ella.

Anna: una protagonista con rasgos picarescos
Si somos honestos, Tú, Yo y la Toscana presenta a una protagonista que, de no ser porque la película está planteada como una comedia romántica, probablemente resultaría bastante detestable. Anna tiene varios rasgos picarescos: vive obsesionada con una vida que no le pertenece, utiliza casas y ropa ajena para interpretar una ‘mejor versión de sí misma’ y, cuando la situación la supera, recurre constantemente a la improvisación y la mentira para salirse con la suya y no enfrentarse a las consecuencias de sus acciones.
La diferencia es que la película nunca trata estas acciones con dureza; al contrario, las romantiza y convierte el engaño en el motor de una fantasía emocional que eventualmente termina convirtiéndose en realidad.
En el fondo, la película funciona como una fantasía aspiracional bastante contemporánea. Anna no solamente quiere ser chef; quiere pertenecer a una vida elegante, estable y romántica que siente completamente fuera de su alcance. Toscana, los viñedos, la villa y la enorme familia italiana funcionan casi como una postal idealizada donde finalmente puede convertirse en la versión de sí misma que siempre imaginó.
Quizá por ello, su mayor problema es que debajo de toda esta fantasía existe la estructura de cuento de princesa moderno. Anna no sale realmente adelante por sí misma, sino porque termina siendo rescatada emocional y económicamente por una familia rica que le ofrece una nueva vida. Y aunque la película intenta vender esto como un relato sobre perseguir sueños y encontrar tu lugar en el mundo, en el fondo sigue existiendo una idea conservadora sobre que la felicidad llega como en un cuento de princesas: con un príncipe que rescate a la princesa.

La comida: su mejor elementos
Uno de los elementos más poderosos de la película es, sin duda, la comida. La gastronomía italiana se siente apetecible y muy viva gracias a una fotografía que explota constantemente los paisajes, las texturas y los colores de la Toscana. Es una de esas películas que inevitablemente abren el apetito.
Además, las escenas alrededor del restaurante familiar son las que mejor funcionan emocionalmente, porque es ahí donde Anna deja de fingir por unos momentos y conecta con su lado más genuino: cocinar.
Por otro lado, las actuaciones consiguen sostener un guion que además de predecible, por momentos trata a la audiencia con torpeza. El filme subestima la inteligencia del espectador y recurre constantemente a soluciones súper sencillas, diálogos obvios y conflictos que se resuelven casi por arte de magia.
Aun así, Tú, Yo y la Toscana sabe perfectamente que no busca más allá de entretener. Es ligera, cómoda, visualmente atractiva y lo suficientemente encantadora para funcionar como una película para relajarse.




