Por Mariana Ruiz
Hay despedidas que no requieren grandes discursos. A veces basta una cancha y dos amigos que, frente a la separación, intentan decirse aquello que durante años prefirieron callar. En Trigo viejo, cortometraje de Nicolás Rivero Fossati, la amistad se convierte en el punto de partida para explorar una experiencia cada vez más común y dolorosa: la de quienes deciden irse y quienes se quedan, enfrentados a la incertidumbre que implica la migración y la movilidad humana.
A través de un último partido de básquetbol, la historia construye un espacio íntimo en el que sus protagonistas, Nano y JP, se encuentran reprimidos al expresar sus emociones. El juego funciona como un lenguaje alternativo, mientras que este avanza, también lo hace la conversación que al inicio parece solo resistir. Entre pases, silencios y miradas, el cortometraje encuentra en los pequeños gestos una manera de hablar sobre aquello que puede resultar demasiado doloroso poner en palabras.

El hecho de abordar la migración desde la despedida de dos amigos resalta la cercanía y humanidad en la historia. La partida no se presenta únicamente como un cambio geográfico, sino como una ruptura que transforma los vínculos y cambia la vida de quienes se quedan. La movilidad adquiere una dimensión emocional: irse implica dejar atrás personas, rutinas y lugares; mientras que quedarse supone aprender a convivir con la ausencia y con la posibilidad de que una relación cambie para siempre.
Bajo este sentido, el cortometraje evita convertir la migración en una cifra. En su lugar, la aterriza en una amistad de dos jóvenes que enfrentan de maneras diferentes una separación. La intimidad de su conversación permite que un fenómeno social encuentre rosto y emoción.
Un juego simbólico
Ese último juego representa una despedida suspendida, un intento por prolongar unos minutos más de partido a una relación que está a punto de cambiar. Cada pase parece contener aquello que Nano y JP no consiguen expresar directamente, como si el partido fuera la única manera de permanecer juntos antes de que la distancia cambie su historia.

En lugar de apostar por una despedida estruendosa, construye una emoción que se filtra poco a poco y que habla de la dificultad de aceptar que crecer, buscar nuevas oportunidades o simplemente partir también significa alejarse de quienes forman parte de nuestra vida. Trigo viejo recuerda que migrar no solo implica cruzar fronteras: también significa enfrentarse a los vínculos que dejamos atrás.
Al final, Nicolás Rivero Fossati construye un breve relato sobre la amistad y la separación que, desde la sencillez de una última jugada, consigue acercarse a una problemática mucho más amplia. Trigo viejo es una historia sobre el movimiento y sus consecuencias; sobre quienes se van, quienes se quedan y ese momento de incertidumbre en el que comprenden que nada volverá a ser exactamente igual.




