Daniel Roher debuta en la ficción con un thriller criminal que encuentra su mayor fortaleza en el sonido y en el conflicto interno de un protagonista obligado a renunciar a sus sueños.
Por Itzel Cruz
Tras formar su carrera como documentalista, que le valió la estatuilla de la Academia a mejor largometraje documental en 2023 por Navalny (2022), sorprende que Daniel Roher decidiera incursionar en la ficción, un género que, para él como director, resultaba ser un terreno completamente inexplorado.
Aunque se esperaría que la película retomara los temas geopolíticos que acostumbra abordar en sus filmes, más bien nos entregó una mezcla de drama, crimen y suspenso con una narrativa sencilla pero no menos interesante.

Una trama sencilla pero bien desarrollada
En la película seguimos a Niki (Leo Woodall), un joven con oído absoluto que, junto con su veterano maestro Harry (Dustin Hoffman) se dedica a la afinación de pianos. Sin embargo, Niki también cuenta con hiperacusia, una condición que le impide explotar su talento musical, pero le permite adquirir una peligrosa habilidad: abrir cajas fuertes.
Su oficio de afinador lo lleva a cruzarse con Uri (Lior Raz), un ladrón extranjero que se da cuenta de la destreza de Niki y ofrece reclutarlo a su equipo de robo, a lo que el protagonista acepta luego de que la salud de Harry empeora y debe solventar los gastos médicos.
Conforme la historia avanza y los atracos resultan ir aparentemente bien, una tragedia provocada por un error que se cometió durante un robo lleva al protagonista a reflexionar sobre su situación, a la par que revela lo que implicó para él a nivel personal el tener que abandonar su sueño de ser pianista debido a su enfermedad.
El conflicto recae en la identidad de Niki, pues se cuestiona sobre su propósito en una realidad donde perdió lo que él considera su único don. ¿Qué se supone que queda cuando pierdes lo único en lo que se basa tu identidad?, ¿cómo lidias con ese duelo?

Un acierto auditivo
Lo más llamativo de la película es sin duda la experiencia auditiva, que muy al estilo de Whiplash (2014), Johnnie Burn acompaña la cinta con piezas musicales que incluyen diversos estilos de jazz, en donde el piano figura como el sonido estelar que, de vez en cuando, es adornado con una orquesta sinfónica.
El talento artístico de Burn, quien ha colaborado con aclamados directores como Yorgos Lathimos (La favorita, 2018; La Langosta, 2015), Jordan Peele (Nope, 2022) y Jonathan Glazer (Zona de interés, 2023), también ofrece una manera visceral de conectar con el protagonista a través de la representación de los sonidos que escucha: el sonido ahogado cuando se coloca sus audífonos con cancelación de ruido, los sonidos estridentes de las vías públicas, el sutil pero no imperceptible “clic” de la caja fuerte, su agitada respiración luego de recibir un estímulo auditivo fuerte, etcétera.
Roher y su amor por el cine
Con esta película, Roher dejó claro el compromiso que tiene con el cine al arriesgarse con un guion que no sigue el camino que le permitió llegar tan lejos dentro de la industria, un salto que no cualquier director está dispuesto a dar y que, además, resulte en un proyecto que tenga la osadía de funcionar.
El objetivo del director canadiense fue el más orgánico que puede tener el arte cinematográfico: entretener.
Y así, también con el apoyo de Robert Ramsey en el guion, el talento experimental del legendario Dustin Hoffman –quien brindó consejos creativos durante el rodaje–, la indudable habilidad indagatoria de Roher sobre cualquier tema, y las atractivas actuaciones de Leo Woodal y una Havana Rose Liu –quien interpreta a Ruthie, pareja del protagonista– con habilidades musicales que brillaron en la pantalla, la película fue un breve ejercicio bien logrado.




