Por Miguel Vázquez
La Odisea de Christopher Nolan busca resignificar el épico poema griego que marcó buena parte de la tradición literaria occidental. Si bien la obra atribuida a Homero narra el largo regreso de Odiseo a Ítaca tras la caída de Troya y construye su relato alrededor del nostos —ese ideal griego que entendía el regreso como la recuperación del hogar, la identidad y el orden perdido por la guerra—, el cineasta británico construye sobre esos mismos cimientos un relato interesado en reflexionar sobre las consecuencias de la guerra y la manera en que convivimos con acciones que, aunque fueron celebradas, terminaron desencadenando una tragedia.
En esencia, la historia sigue siendo prácticamente la misma. Odiseo (Matt Damon) busca regresar a los brazos de Penélope (Anne Hathaway) tras veinte años fuera de casa: diez peleando en la Guerra de Troya y otros diez perdido en el océano. Mientras tanto, su hijo Telémaco (Tom Holland) emprende la búsqueda de su padre para evitar que su madre termine casándose con alguno de los pretendientes que viven en el palacio y que ya lo han dado por muerto.

La memoria como punto de partida
Sin embargo, Nolan se toma varias licencias para modificar desde episodios importantes del poema hasta la misma concepción del viaje del héroe. No lo hace únicamente para condensar la historia, sino para darle un sentido distinto y construir una lectura mucho más humana del personaje, preguntándose qué ocurre cuando el héroe finalmente alcanza su objetivo y debe aprender a vivir con las consecuencias de sus actos.
Una de las diferencias más notables está en la estructura del relato. En el poema de Homero, Odiseo narra todas sus aventuras ante el rey Alcínoo y los feacios. En la película, quien ocupa ese lugar es Calipso (Charlize Theron). Y ese cambio resulta indispensable para entender hacia dónde quiere llevar Nolan la historia.
El director convierte a Calipso en el personaje que ayuda a Odiseo a recuperar la memoria, un recurso que inevitablemente remite a otra de las grandes obsesiones de su filmografía, como ya lo había hecho en Memento. Tras la caída de Troya y las distintas peripecias que enfrenta durante su viaje, Odiseo ha perdido los recuerdos de buena parte de su travesía, del lugar de donde viene e incluso de su propia familia, algo que nunca ocurre en el poema original.
Es Calipso quien, al cuestionarlo una y otra vez, lo obliga a reconstruir su historia. Poco a poco, Odiseo recuerda qué fue lo que realmente sucedió durante su viaje. La película sugiere que ese olvido responde al trauma que surge después de la masacre en Troya y de la forma en que, uno a uno, vio morir a todos sus compañeros en el camino de regreso a casa.

El viaje del héroe convertido en penitencia
Esta reconstrucción resignifica no solo el viaje del héroe, sino una de las lecturas más extendidas de La Odisea. Si bien el poema de Homero seguía el regreso del gran héroe de Ítaca y celebraba la inteligencia que lo convirtió en una leyenda —la misma que le permitió idear el Caballo de Troya—, la nueva cinta de Nolan se aleja por completo de los cantos heroicos y pone el foco en el costo real de haber conseguido esas hazañas. La caída de Troya, aquí, se convierte en el origen de una larga penitencia.
Nolan parece preguntarse qué ocurre cuando el viaje del héroe termina. Porque mientras la mayoría de las historias concluyen con la victoria, aquí ese triunfo marca apenas el comienzo del verdadero conflicto. Cada isla, cada monstruo y cada compañero que pierde durante el viaje terminan formando parte de un proceso de expiación de esa culpa que acompaña a Odiseo desde que abandonó Troya.
Esa idea termina por confirmarse durante el tercer acto de la película. Una vez que Odiseo regresa a Ítaca y se dispone a restablecer el orden en el palacio, Nolan construye una de las escenas más complejas de toda la cinta, misma que no tiene un equivalente en el poema de Homero.
Lejos de celebrar la caída de Troya, Odiseo le confiesa a Penélope el verdadero costo de aquella victoria. El protagonista admite que los griegos rompieron “la ley de Zeus” al utilizar el Caballo de Troya como un falso símbolo de paz para entrar en la ciudad y desatar la masacre.
A lo largo de la película, Penélope vive con el temor de que los “Pueblos del Mar” lleguen a Ítaca. Aunque se resiste a elegir un nuevo esposo, también entiende que el reino necesita un rey capaz de proteger a su pueblo de esa amenaza. Sin embargo, cuando Odiseo le revela lo ocurrido en Troya, comprende que fueron los propios griegos quienes terminaron comportándose como esos invasores que tanto había temido.
Esa misma idea alcanza su punto más alto con la representación de Athena (Zendaya). Durante buena parte de la película, Odiseo cree que la diosa de la sabiduría lo acompaña durante su travesía como una especie de guía espiritual. Sin embargo, en el desenlace descubrimos que el rostro de Athena pertenece, en realidad, a una mujer asesinada durante la caída de Troya. Nolan parece convertir así a la diosa en la manifestación de la culpa del protagonista. Solo cuando enfrenta la verdad y le confiesa a Penélope lo ocurrido, Athena desaparece. En su lugar queda el rostro de una de las tantas mujeres que murieron durante la guerra.

La culpa también se filma
Hasta aquí podría parecer que La Odisea sostiene toda su propuesta únicamente en el guion. Sin embargo, Nolan entiende que esa culpa también debe sentirse desde la puesta en escena. La película abandona por momentos el tono de aventura épica para acercarse al terror, especialmente durante los encuentros con el cíclope, los gigantes y Circe.
La secuencia del cíclope está construida como una auténtica película de horror. La oscuridad de la cueva, el sonido de los huesos rompiéndose y la forma en que la cámara retrata la impotencia de los soldados convierten el episodio en uno de los momentos más atroces de toda la cinta.
El episodio de Circe también merece una mención aparte. La transformación de los hombres en cerdos deja de sentirse como un simple acto de magia para convertirse en una brillante secuencia de body horror. Nolan no rechaza el componente fantástico del poema de Homero, al contrario, lo hace parte indispensable de su historia, pero siempre desde una perspectiva realmente perturbadora.
A nivel técnico, la película vuelve a demostrar por qué Christopher Nolan sigue siendo uno de los cineastas más importantes de la actualidad. La fotografía aprovecha los paisajes naturales para transmitir la pequeñez del ser humano frente al mundo, mientras que el diseño de producción y el vestuario construyen una Grecia áspera, desgastada por la guerra y muy alejada de la visión idealizada del cine. Todo esto con las cámaras IMAX Keighley® con las que se realizó la cinta.
Si bien la La Odisea de Nolan demostró ser un monumento visual, su mayor virtud está en la obsesión del director por preguntarse qué ocurre cuando ese héroe debe convivir con las consecuencias de aquello que lo convirtió en leyenda.
Con esta película, Christopher Nolan no destruye el mito de Odiseo; lo humaniza y lo transforma presentando a un héroe que debe cargar con las consecuencias de las decisiones que tomó para conquistar sus objetivos. Y quizá esa sea la reinterpretación más arriesgada que se ha hecho de La Odisea en el cine contemporáneo.




