Por Luis Servin
Salón de belleza, ópera prima de la directora Nathalia Acevedo basada en el libro homónimo de Mario Bellatin, pretende ser una película contemplativa que nos haga reflexionar sobre los desafortunados de la sociedad y las penurias que deben pasar, pero ¿logra cumplir con su cometido o sus intenciones quedan enterradas entre sus pretensiones estilísticas?
En una ciudad sin nombre, un anciano (Sam Louwyck) transforma su viejo salón de belleza en un refugio donde la gente va a morir. Con el pasar de los días, el pasado, el presente y la realidad abrumadora del lugar se van entre mezclando de varias maneras.
Una película puede ser aburrida o puede ser lenta y no hay ningún inconveniente con ello, pero el problema viene cuando es las dos cosas al mismo tiempo y no te comunica nada interesante. Salón de belleza es exactamente eso: una sucesión de planos contemplativos e inconexos ligeramente ligados por medio de una narración monótona de nuestro personaje principal hablando sobre peces o el cuidado de los acuarios, una metáfora poco sutil de los temas centrales de la cinta.
Probablemente los mejores elementos de la película sean la fotografía de Balthazar Lab (September Says) y la edición de Olivia Neergaard-Holm (La hermanastra fea) porque ambos van de la mano. En la secuencia inicial, por ejemplo, pasamos poco menos de diez minutos de planos bajo el agua, siguiendo burbujas, algas y peces en lo que parece ser el mar, hasta que lentamente vamos transicionando al interior de un acuario para peces. Toda la escena es bellísima, las imágenes se suceden unas a otras de manera ingeniosa para que no notemos el paso de lo macro a lo micro, pero realmente nada de eso sirve porque no nos dice nada, no se entiende una idea clara de lo que Acevedo quiere decir.
Fuera de las imágenes bellas y las transiciones elaboradas, la película tiene poco que ofrecer en sus casi 2 horas de duración puesto que no pasa casi nada en la película. Tenemos al protagonista cuidando de sus acuarios y de los enfermos moribundos, a veces va al mercado o al tianguis y también están las secuencias dónde recuerdo con cariño el pasado del salón, pero fuera de eso, no hay nada más.
De cierta forma todo es una metáfora sobre el SIDA y los marginados sociales, aquellas personas a quienes se excluye por sus preferencias sexuales o color de piel, sin embargo todo esto queda enterrado puesto que las imágenes de Acevedo por momentos rayan en la pornomiseria: en lugar de compadecerse de la situación de sus personajes y decir algo al respecto más bien se siente como exhibirlos y desnudarlos ante la cámara.
Al final, Salón de belleza pareciera querer aleccionar al público sobre lo mal que la pasan las personas marginadas si no las cuidamos pero la carencia de personajes, diálogos o un sentido en todo lo que vemos hace que inclusive esa idea quede diluida en la nada.




