Aunque la película propone un thriller poco común dentro del cine mexicano y cuenta con actuaciones comprometidas de Hoze Meléndez y Adriana Llabrés, el resultado termina siendo irregular.
Riziare Arvel
Psicópata: El Asesino del Conejo Blanco nos presenta la vida para nada común de Nora: una policía que tiene el objetivo de encontrar un importante asesino serial, que cuenta con trastorno disociativo de la personalidad, el cual, se caracteriza por crear a nivel psicológico múltiples identidades. Algo que hemos visto en personajes como Kevin en FragmentadoM (2016), Norman Bates en Psicosis (1960), entre otros.
La película gira entorno a la búsqueda policial constantemente obstaculizada gracias al trastorno de nuestra protagonista, otorgándonos una travesía policiaca “fuera de lo común”.

Personalmente, mi parte favorita fueron las actuaciones tanto de Hoze Meléndez y Adriana LLabrés, quienes, con todo el esfuerzo actoral en escena, se puede percibir la determinación y voluntad que otorgaron a sus interpretaciones cada uno.
Realmente se pueden percibir los matices morales y psicológicos que intentaron
impregnar a personajes que, de primera instancia, no fueron del todo bien escritos, cayendo incluso en arquetipos vistos en otras películas del género.
Si algo se tiene que reconocer previo a cualquier crítica, es que
Psicópata: El Asesino del Conejo Blanco era una apuesta grande. El género casi inexistente del Thriller en México prometía traer un proyecto innovador y distinto a los géneros que acostumbra el cine mexicano actual, acompañado de un asesino serial como villano de la película, así como una protagonista que también cargaba con matices psicológicos fuera de
lo común.
Lamentablemente, la balanza de lo que podían planear, en contraste con lo que podían conseguir claramente, no rindió frutos exitosamente, y, por el contrario, circunstancias exteriores al rodaje vinieron a perjudicar aún más este balance.
Durante la conferencia de prensa de la película, Fernando Barreda Luna, escritor y productor de la película, nos compartió que debido a una situación de fuerza mayor que implicaba el trasplante de riñón de un ser querido, la dirección se vio forzada en tomar el nuevo mando de Javier Velasco, cambiando de director a mitad de
rodaje. Y, aunque no dudo de la intención bondadosa y determinada de Javier para concluir la dirección de un proyecto lleno de promesas cinematográficas; considero lamentablemente que no consiguió rendir un proyecto de la talla que se suponía que sería en etapas iniciales.

Sin embargo, considero que el trabajo de producción de arte fue exitoso, y, se nota el esfuerzo de la creación de sets, props, y en general los espacios donde habita Ariel y cómo es que representan psicológicamente el estado grave en el que se encuentra, pero, una vez más, siendo este gran elemento desperdiciado en una sola escena en el primer acto de la película para no volverlo a mostrar.
La composición lumínica de cada escena, así como su corrección de
color se ve muy bella, claros oscuros verdosos que acompañan perfectamente la identidad de la película. Un buen trabajo de maquillaje hace de las víctimas y sus asesinatos como unos muy crudos y reales.
Psicópata: El Asesino del Conejo Blanco presentó como producto final un gran listado de fortalezas y oportunidades convertidas en un plato insípido y recalentado, forzado a mantener su sabor debido a la promesa para quienes degustarían un plato “nuevo y novedoso”, termina cayendo.
