Por Luis Servin
Todos hemos escuchado hablar de Robin Hood, el famoso forajido de Nothingham que les roba a los ricos para dárselo a los pobres enfrentándose al malvado príncipe Juan, y al Sheriff del pueblo, mientras al mismo tiempo protege Inglaterra en la ausencia del rey Ricardo. Más importante aún, hemos visto, al menos una vez, alguna película basada en el mito popular: ya sea el más clásico con Errol Flynn, la aproximación noventera y aventurera de Kevin Costner, la oscura y llena de acción protagonizada por Russell Crow o al astuto zorro en la animación de Disney; es difícil hacer algo nuevo con un personaje que lleva casi 700 años formando parte del imaginario colectivo, sin embargo, el director Michael Sarnoski (Un lugar en silencio: Día uno), en compañía de Hugh Jackman encarnando al legendario arquero, intentan explorar una faceta desconocida del personaje en La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood), una versión más visceral y realista que ahonda en el hombre detrás de la leyenda.
Robin Hood no es un héroe legendario ni un benefactor para el pueblo de Inglaterra. Es un asesino y ladrón que aterrorizó a cientos de personas y que, atormentado por las acciones de su pasado, espera ansioso la muerte mientras sus enemigos intentan darle caza. Cuando su viejo amigo Little Johnn (Bill Skarsgård) acude en su ayuda para recuperar sus tierras y a su familia, Robin sale de autoimpuesto exilio esperando perecer en combate, sin embargo, una herida fatal lo lleva a refugiarse en el priorato de una isla en las costas británicas donde la priora Brigid (Jodie Comer) intentará sanar su cuerpo y su alma atormentada.

Es muy interesante como Sarnoski, para crear esta versión más cruda y violenta de Robin Hood, despoja al personaje de la gran mayoría de sus elementos característicos: aquí no hay mallas verdes, pluma roja, una banda de nobles ladrones, fraile Tuck o Lady Marian. El Robin de Jackman es más bien un hombre viejo, lastimado y atormentado lleno de rabia e ira al que le molesta la leyenda que se ha formado alrededor de su persona en los campamentos de viajeros, tabernas y castillos. Esta interpretación está mucho más cerca del Wolverine que vimos en Logan que del heroico arquero de las cintas de aventuras de Flynn.
Hugh Jackman interpreta a Robin Hood como un hombre que ha vivido demasiado y que ya no puede sostener el mito que lo convirtió en leyenda. La interpretación transmite todo el desgaste de Robin a través de su voz y expresiones faciales. Sin embargo, pareciera que Jackman encontró un registro que le funciona para interpretar héroes envejecidos y cansados, por lo que, aunque convincente, por momentos su actuación llega a sentirse repetitiva a lo ya visto en otros de sus trabajos.
Quien está irreconocible y hace un gran trabajo en los pocos minutos que tiene en pantalla es Bill Skarsgård (Nosferatu) como Little Johnn. Aquí, Johnn es un hombre endurecido por décadas de violencia, que transmite más con silencios, miradas y lenguaje corporal que con grandes discursos. Es un personaje que parece cargar un cansancio moral constante. Skarsgård construye un personaje áspero, opaco y profundamente humano que transmite más con silencios, miradas y lenguaje corporal.
Tal vez el aspecto más impresionante de La muerte de Robin Hood sea la extraordinaria atmósfera que construye Sarnoski. Desde los primeros minutos, en los que una nevada invernal azota los campos desérticos de Gran Bretaña, las peleas entre el barro y el fuego o el huerto del priorato, el director utiliza de gran manera los espacios y el sonido para sumergirnos en este mundo triste y empobrecido. Esto se logra en gran medida gracias a la fotografía de Pat Scola (fotógrafo recurrente en la filmografía de Sarnoski) que utiliza planos generales y grandes angulares para mostrar las maravillas del mundo alrededor de los personajes, pero también primerísimos primeros planos para penetrar dentro de la psique de Robin y compañía.

Desgraciadamente el ritmo que Sarnoski le imprime a la cinta es uno de sus mayores problemas. En el primer acto, la película entra de lleno en una ultra violencia sucia que resulta impactante; hay acción y secuencias dramáticas de mucho peso que elevan la historia, se plantean situaciones cuyas consecuencias ansiamos conocer y todo pareciera prepararte para un viaje con momentos reflexivos, grandes paisajes y dosis de acción constantes, casi como en una historia de venganza tipo John Wick, sin embargo, luego de los primeros 30 minutos, el director da un volantazo y transforma La muerte de Robin Hood en un estudio de personaje mucho más melancólico e introspectivo con pocos diálogos, planos largos, y contemplativos, y secuencias en las que explora el dolor humano a través de las consecuencias de nuestras acciones. Esto no sería algo necesariamente malo, pero resulta en un choque para el espectador e inclusive pareciera que estamos viendo dos películas distintas.
Este problema con el ritmo impacta también en el desarrollo de los personajes y sus arcos dramáticos. La película se enfoca casi por completo en Robin, en cómo lidia con el dolor, la furia interna que lo carcome, sus reservas para convivir con la gente y las dificultades por integrarse al mundo, además de en la relación que construye con la pequeña hija de Johnn, sin embargo la historia de la priora o del leproso del priorato se dejan de lado y, al final, cuando vienen las revelaciones y todo el pasado de estos personajes tiene una relevancia crucial, las conexiones que crea Sarnoski se sienten forzadas y carecen de peso, lo cual también brinda un sentimiento de que todo el desenlace está acelerado o más lo apresuraron para llegar a cierto lugar.
La muerte de Robin Hood no intenta reconfigurar la leyenda del héroe más famoso de Inglaterra, más bien levanta la cortina que cae sobre el mito para presentarnos de una manera visceral y melancólica la historia de un hombre roto incapaz de concebir en su cabeza las acciones atroces de su pasado y el legado heroico con el que será recordado. Sarnoski construye una historia sobre el perdón, las segundas oportunidades y las consecuencias de nuestras acciones, desgraciadamente el ritmo y la falta de profundidad en personajes cruciales para la catarsis de su protagonista evitan que un relato que podría haber llegado a ser grandioso se quede solo en un buen intento de hacer algo absolutamente memorable




